Relato autobiográfico de una azafata porteña de treinta y ocho años, hija y nieta de emigrantes españoles, que aprovecha el mes que su hija pasa con el padre para volar a Italia y revisar su propia historia.
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Relato autobiográfico de una azafata porteña de treinta y ocho años, hija y nieta de emigrantes españoles, que aprovecha el mes que su hija pasa con el padre para volar a Italia y revisar su propia historia. Entre el mate de la cocina de Buenos Aires y las plazas de Roma, la Toscana y Florencia, la narradora hilvana recuerdos de infancia, un divorcio que no termina de cerrarse y una búsqueda insistente del amor verdadero. Un viaje que es, sobre todo, un intento de dejar de agradar a los demás para empezar a reconocerse.
Hay historias que no empiezan: se van armando con retazos. Con esa advertencia arranca este relato en primera persona, construido como una sucesión de capítulos breves —cada uno abierto por una cita ajena— que funcionan a la vez como estampas de viaje, escenas de memoria familiar y apuntes de introspección.
La narradora tiene treinta y ocho años, trabaja como azafata en una aerolínea y vive en Buenos Aires con su hija. Creció en una casa marcada por la posguerra española: padres, abuelos y tíos llegados en los años cincuenta, una economía doméstica donde nada se tiraba, una educación que le enseñó desde chica a ocupar poco lugar y a resultar agradable. De ahí toma la imagen que abre el libro: la geisha y su capa de maquillaje, la máscara que se pone para que el otro no vea lo que hay debajo. Frente a ese mandato, ella se reconoce desde siempre en la vereda de la rebeldía, en la nena de seis años que anunciaba que iba a viajar por el mundo y en la de catorce que decidió su primer novio por decreto y le metió una carta en el bolsillo del pantalón.
El presente del relato la encuentra en un punto muerto. Siete años después de la separación, la relación con su ex se ha vuelto un intercambio de reproches en torno a la crianza de la hija; la vida sentimental se resume en una única relación larga que quedó lejos, y el resto en una soledad que aprendió a habitar con oficio pero que no eligió. Cuando despide a la niña, que se va un mes de vacaciones con el padre, cierra la puerta y decide irse: vuelve a Italia, el país al que siempre vuelve. En Ezeiza, ese limbo entre lo que se deja y lo que vendrá, embarca en un vuelo nocturno de catorce horas.
Lo que sigue es el viaje propiamente dicho, contado con el ojo doble de quien conoce el oficio aéreo desde adentro y de quien viaja, esta vez, como pasajera. Roma la recibe con su caos y su belleza: Piazza Navona, la Fontana di Trevi, el Panteón, el Antico Caffè Greco y la costumbre de elegir con minuciosidad el café donde sentarse a encontrarse consigo misma. Después, un coche alquilado, un GPS con nombre propio y la ruta hacia la Toscana, con parada en las torres medievales de San Gimignano. El destino final es el más difícil: Florencia, la ciudad donde concibió a su hija y donde empezaron a verse las primeras grietas de su pareja, y donde la espera Alessandra, la amiga que fue su familia italiana. El reencuentro, en el que llora de una sola vez el pasado entero, marca el punto en que el viaje turístico se convierte en otra cosa.
El tono alterna la confidencia y la ironía. La narradora cree en la intuición, en las vidas anteriores y en las señales —una galleta de la fortuna abierta a mitad del Atlántico—, y al mismo tiempo se ríe de sí misma, del servicio meteorológico y de sus propios dramas de infancia. El mate atraviesa el libro como un personaje más: confesor doméstico, medida del tiempo, hilo con los antepasados. Entre esos materiales van apareciendo los temas de fondo: la maternidad, el vínculo difícil con la madre y la incomprensión temprana, el trabajo como vía de autoestima y libertad, el costo de elegirse a una misma frente a quien exige lo contrario, y la pregunta —abierta hasta el final del fragmento— de si el amor que busca desde que tiene memoria existe fuera de sus cuadernos.