Novela a dos voces que alterna los monólogos de Antonia, escritora de cuarenta años recién galardonada con un premio internacional de literatura, y Natalia, fotógrafa y profesora de artes de veinticinco que aún vive en casa de sus padres.
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Novela a dos voces que alterna los monólogos de Antonia, escritora de cuarenta años recién galardonada con un premio internacional de literatura, y Natalia, fotógrafa y profesora de artes de veinticinco que aún vive en casa de sus padres. Un mismo acontecimiento —dos conferencias en un colegio internacional— pone en marcha el cruce de sus caminos, mientras cada una examina su vocación, su intimidad y el precio de ser mirada por los demás.
Todo empieza con una llamada a las seis de la mañana. La madre de Antonia Miranda no espera a una hora razonable para anunciarle lo que ya está en la sección de cultura del periódico: su novela, la historia de dos niños de tierras enemigas que inventan un juego capaz de convertirse en un proceso de paz, ha ganado un premio internacional. Antonia baja a buscar el diario en la casa de campo, lo extiende en el piso como aprendió a hacerlo de niña y descubre que no siente euforia, sino una extrañeza silenciosa. A los cuarenta le inquieta menos el éxito que su reverso: el miedo a escribir para gustar, el tedio anticipado de los cócteles y la sospecha de que algún día alguien podría enamorarse de la escritora y no de la mujer.
En paralelo, y en la otra mitad del libro, Natalia se retrasa cada mañana por una razón que su padre no alcanza a entender: necesita contemplar las fotografías del día anterior antes de salir. A los veinticinco, con una cámara que describe como un sexto sentido, un cuarto convertido en obra permanente y un computador al que llama, con humor, su novio, ha construido una teoría propia de la felicidad hecha de cosas mínimas. Enseña artes y oficios en un colegio, pedalea por un camino de árboles entrelazados y desconfía del día en que le paguen por hacer las fotos que otros quieren ver.
Los dos relatos avanzan sin tocarse hasta que una tarea administrativa los enlaza: el colegio de Natalia será anfitrión de las conferencias de Antonia, y a ella le toca organizarlo todo sin haber leído una sola línea de la autora. Alrededor de ese punto de encuentro la novela abre espacio a un mundo de afectos largamente cultivados —Federico, amigo de infancia con quien Antonia intercambió muñecas por carritos y compartió el aislamiento y los premios inventados; Mariana Rey, abogada imponente que litiga por los derechos de su comunidad y ama en jornadas de ocho horas; Miguel, el conductor que adivina los estados de ánimo antes de que se enuncien.
Escrita en primera persona y en dos registros claramente distintos —la introspección algo desencantada de la escritora frente a la mirada luminosa de la fotógrafa—, la obra se sostiene menos en la trama que en la voz. Es un libro sobre la vocación como forma de intimidad, sobre las familias que se eligen, sobre la diferencia entre la vida y la obra, y sobre esa pregunta que ninguna de las dos se atreve a formular del todo: qué se hace con el amor cuando llega fuera de tiempo.