En un asilo de las afueras de Buenos Aires, a comienzos de los años 80, el anciano Fédor Mihailovich Prochyd le confía a una joven aspirante a escritora la historia que ocultó durante toda su vida: la de un niño que huyó de su hogar en la…
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En un asilo de las afueras de Buenos Aires, a comienzos de los años 80, el anciano Fédor Mihailovich Prochyd le confía a una joven aspirante a escritora la historia que ocultó durante toda su vida: la de un niño que huyó de su hogar en la campiña ucraniana de principios del siglo XX y quedó atrapado en la corriente de la historia rusa.
“Almas de otoño”, primer libro de la Saga del Portador de Marcelo Favio Borka, se construye como una larga confesión. Daniela, una joven que estudia periodismo y sueña con ser escritora, llega hasta un hogar de ancianos en Adrogué tras dos años de investigación siguiendo el rastro de un hombre que otros buscaron antes que ella. Ese hombre es Fédor Mihailovich Prochyd, un anciano que se presenta a sí mismo como soldado, como ucraniano al que todos insisten en llamar ruso o polaco, y que acepta hablar bajo una única condición: que ella escuche sin interrumpir.
Lo que Fédor relata es el origen de todo: una noche de huida de la casa paterna en una aldea perdida al sur de Lviv, cuando apenas era un niño que dejaba atrás a sus tres hermanas —Olya, Anya y Lara— y el yugo de un padre influyente al que temía más que a la propia intemperie. La narración sigue sus días y noches escondiéndose de lobos imaginados y viajeros reales, su travesía oculto entre el heno de una carreta tirada por un viejo percherón, y el instante en que ve por primera vez un tren: una mole de hierro y humo que se convierte en su siguiente refugio y en la puerta hacia una Rusia inmensa que descubre, campo a campo, bosque a bosque, mientras se pregunta qué destino lo espera.
Esa huida termina abruptamente cuando un guarda del ferrocarril lo descubre y lo arroja de vuelta al camino, herido y con su pequeño equipaje destruido, pero incluso ese revés se revela después como una bisagra: el punto exacto en que su vida cambia de curso. Entretejida con el relato del viaje está la escena presente, décadas más tarde, en la que un viejo que se sabe cerca del final decide, por fin, entregarle a alguien la verdad completa antes de que se pierda con él, y en la que Daniela intuye que ha encontrado no solo una fuente, sino el testigo vivo de una época que se apaga.
Con esta primera entrega de la Saga del Portador, la novela plantea el arranque de una historia mayor: la de un hombre común arrastrado por la Rusia imperial hacia la Primera Guerra Mundial y la Revolución, contada desde la distancia serena —y también dolida— de quien mira atrás sabiendo que ningún camino, por errático que parezca en el momento, deja de ser recto cuando se lo observa desde el final.