En un sistema solar dominado por matriarcados, tres mundos convergen sobre una misma niña aún sin nacer. Una guerrera marciana es despojada quirúrgicamente de su insensibilidad para poder custodiarla; en los confines helados del sistema,…
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En un sistema solar dominado por matriarcados, tres mundos convergen sobre una misma niña aún sin nacer. Una guerrera marciana es despojada quirúrgicamente de su insensibilidad para poder custodiarla; en los confines helados del sistema, una joven criada entre laboratorios recibe la orden de encontrarla y matarla; en la Tierra, una técnica anfibia vela la piel de crecimiento donde madura. Ninguna de las tres sabe realmente qué está protegiendo, ni por qué.
La obra se abre en las laderas frías del Olimpo marciano, donde una cazadora llamada Sueños-de-Guerra persigue a los llamados restos de hombre —las criaturas cambiadas en que ha degenerado el otro sexo— y tropieza con algo que no debería existir: una manada de fantasmas con mil años de antigüedad que la miran con plácida curiosidad antes de disolverse ladera abajo. El encuentro fija de inmediato las reglas del mundo: aquí la tecnología es espectral, regalo de manos alienígenas, y nadie termina de comprenderla. Ni siquiera la armadura que habla al oído de la protagonista con la voz de la guerrera muerta que la vistió primero.
De ese arranque el relato se abre en abanico hacia tres escenarios que avanzan en paralelo. En Marte, la sociedad de clanes y torres —Memnos, Golpe de Invierno y su fortaleza hundida en un cráter de meteorito— prepara a su guerrera para un viaje a la Tierra a través de la Cadena, un corredor que atraviesa la dimensión de los muertos y que devuelve a algunos pasajeros envejecidos sin piedad. Antes de partir, una doctora la somete a una intervención que la propia protagonista no ha pedido: le extirpan el callo psicológico que permite a las guerreras matar sin remordimiento. La misión exige que sienta afecto, y el matriarcado ha decidido instalárselo por la fuerza. La escena, breve y clínica, plantea la pregunta que sostiene todo el libro: qué queda de una identidad cuando otros deciden qué debe sentir.
En el extremo opuesto del sistema, en el mundo perpetuamente nocturno de una torre helada, crece Yskatarina Iye, hija de los clanes del laboratorio, acompañada desde la infancia por un ánimus arácnido que le susurra durante sus fiebres. Su tía Elaki le promete una transformación que la hará más fuerte; lo que obtiene es la pérdida de sus cuatro extremidades, unos servomecanismos ajenos y, sobre todo, un amor recién injertado hacia la misma mujer a la que antes temía. Su educación culmina en un encargo: localizar a una niña entre los millones de los mundos interiores y acabar con ella.
En la Tierra, un planeta anegado donde sobreviven leyendas de dragones y los reyes del mar emergen de las tormentas, la técnica kappa Tersus Rhee viaja de incógnito hasta Puerto Fragante para servir a unas abuelas de las que nadie sabe nada. Su tarea es vigilar la piel de crecimiento en la que madura una criatura conocida como hito-bashira, «la mujer que contiene el flujo». Proyectos anteriores fracasaron; este es el último intento.
La narración avanza por capítulos breves que alternan voces y planetas, y construye su tensión no desde la acción sino desde la información retenida: a cada personaje se le ha contado apenas lo imprescindible, y las tres líneas se dirigen sin saberlo al mismo punto de encuentro. El resultado es una ciencia ficción de textura densa y vocabulario propio, más interesada en los cuerpos modificados, la memoria heredada y la obediencia fabricada que en la mecánica de sus prodigios.
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