Tirada bajo una camilla de hospital, en plena crisis de pánico y con la mirada clavada en una grieta del piso, Julia decide contarse a sí misma cómo llegó hasta ahí.
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Tirada bajo una camilla de hospital, en plena crisis de pánico y con la mirada clavada en una grieta del piso, Julia decide contarse a sí misma cómo llegó hasta ahí. Novela de Adaní Vázquez narrada en primera persona, reconstruye veintiséis años de trastorno mental, duelos tempranos y amistades sostenidas con alfileres, hasta el encuentro que lo partió todo en dos: el del diablo con forma de muchacha, que promete no mentir jamás y cobrar cada beso con una muerte.
Todo empieza en el suelo. Julia tiene veintiséis años, una bata de hospital, un catéter colgando del antebrazo y la certeza de que va a morir escondida bajo una camilla. Para no ahogarse repite el ejercicio de siempre —sentir, ver, oler, degustar, oír—, y en ese inventario de sensaciones se abre la puerta del relato: si logra contarlo desde el principio, piensa, quizá pueda frenar lo que viene por el pasillo.
El principio es una vela de cumpleaños a los seis años y un deseo que no era un juguete sino no morirse. Desde entonces, la vida de Julia transcurre entre paréntesis: episodios, consultorios, ajustes de medicación y la disyuntiva que la novela plantea sin adornos, la de elegir entre sentirlo todo hasta que duela o no sentir nada y flotar. Alrededor de esa decisión se ordenan las pérdidas: una madre que sucedía siempre en verano y cuyo corazón sonaba como una canción de Édith Piaf; una hermana mayor, Michelle, que se puso el perfume de la muerta y quiso hacer de madre; y Sadie, la amiga que conoció en la sala de espera de un psiquiatra, con quien compartió audífonos, cigarros mentolados y el arte de inventar trampas para no existir. Está también Mario, criado en la misma casa cuna que Sadie, con un instinto de supervivencia que las otras dos nunca tuvieron.
Y está Artemisa. Aparece a los diecisiete años, la noche en que una fiesta termina en el baño de un antro con la puerta atrancada, y se presenta sin rodeos: el diablo, dice Julia, no tiene cuernos ni pezuñas; es deseo puro, toma la forma exacta de aquello que uno se murmura a oscuras. Arti no toca hasta que se lo piden, colecciona historias de cosas imposibles —un árbol enamorado de una fuente— y enciende mariposas de luz en un parque de madrugada. También enuncia el precio con una claridad que no admite malentendidos: desear al diablo es desear la muerte, y cada reencuentro le dará su oportunidad. Dos semanas después, la primera factura llega en la portada de un periódico.
Adaní Vázquez escribe con una voz joven, mexicana y sin filtro, capaz de pasar del sarcasmo brutal a la ternura en la misma frase, y de intercalar notas al pie que traducen jerga y canciones como quien deja migas para el lector. El resultado es una novela que usa lo fantástico para hablar de lo concreto: la ansiedad y la depresión vividas desde adentro, la violencia sexual que se disfraza de fiesta, la culpa del que sobrevive, el diagnóstico convertido en etiqueta y la pregunta incómoda de qué estamos dispuestos a pagar por sentirnos, aunque sea una noche, completamente amados. Quien empieza en la grieta del piso quiere saber cómo se llegó hasta ahí; lo que encuentra es una historia de amor imposible que también es una crónica clínica, y una confesión que se hace en voz alta porque ya nada importa.