Yunjae nació con las amígdalas cerebrales más pequeñas de lo normal y, con ellas, sin acceso al miedo, a la alegría o a la tristeza: los sentimientos son para él un vocabulario ajeno que debe aprender de memoria.
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Yunjae nació con las amígdalas cerebrales más pequeñas de lo normal y, con ellas, sin acceso al miedo, a la alegría o a la tristeza: los sentimientos son para él un vocabulario ajeno que debe aprender de memoria. Criado por una madre que fabrica carteles con instrucciones y una abuela que lo llama «mi hermoso monstruito», el chico logra pasar por normal hasta que un estallido de violencia gratuita, ocurrido a plena luz y ante su rostro inexpresivo, le arrebata de golpe a las dos mujeres que sostenían ese frágil aprendizaje.
La novela se abre con una cuenta: un herido y seis muertos en un solo día. Entre ellos, la madre y la abuela del narrador, un estudiante que intentó intervenir, dos hombres al frente de una banda del Ejército de Salvación, un policía y, al final, el propio agresor. El chico que lo presencia todo no grita ni se aparta: mira, como siempre, con la cara vacía. Esa imposibilidad de reaccionar no es frialdad ni valentía, y explicarla es lo que ocupa las páginas siguientes.
Seon Yunjae nació sin sonreír. Su madre lo advirtió pronto, contando los días que los manuales daban por plazo, y siguió advirtiéndolo cuando el niño volvió a tender la mano hacia la tetera hirviendo que ya lo había quemado, o hacia el perro que había mordido a otro chico del edificio. Los médicos acabaron poniéndole nombre: alexitimia. Las amígdalas cerebrales —dos almendras alojadas a la altura de las orejas, encargadas de encender la señal del miedo, del enfado, del agrado— le habían tocado demasiado pequeñas. Ante la propuesta de convertirlo en objeto de un estudio de años, la madre se negó y optó por otra terapia, mitad superstición y mitad pedagogía: almendras en las tres comidas del día, con la esperanza de que las de la cabeza crecieran junto con las que masticaba.
El primer aviso serio llegó a los seis años, un día en que nadie fue a recogerlo del jardín de infancia. Perdido al otro lado del puente, Yunjae siguió un sonido hasta un callejón de casas marcadas para el derribo y encontró a un chico apaleado, a punto de morir. Pidió ayuda con la única frase que se le ocurrió, dicha con la misma voz plana con que lo decía todo, y no lo creyeron: el dueño de la tienda prefirió terminar de ver su programa. El muerto era su hijo. Del reproche que aquel hombre le gritó en la comisaría —que si lo hubiera dicho de otro modo, no habría sido tarde— nace la sospecha que recorrerá el libro: la de que sentir, o parecerlo, es una obligación social antes que un hecho íntimo.
A partir de ahí, la casa se convierte en un aula. La madre pega en la pared un cartel de flechas —«se acerca un automóvil, quítate»; «el otro sonríe, sonríe del mismo modo»— y luego, cuando el mundo se complica, escribe diálogos enteros como una dramaturga que ensaya a su hijo para el papel de chico corriente. La abuela, aparecida de golpe tras siete años de ruptura con su hija, copia con pincel los ideogramas de la alegría, el enfado, la tristeza y el amor y los reparte por la casa como talismanes. Yunjae aprende que el silencio pasa por prudencia, que «gracias» y «perdón» resuelven casi todo, y que la sinceridad excesiva hace daño. Aprende, en suma, a no llamar la atención.
Contada por el propio Yunjae, con una voz tan exacta como desafectada, la historia avanza sobre una tensión que nunca se resuelve del todo: si un chico que no siente puede aprender los sentimientos igual que se aprende una tabla de multiplicar, y qué queda de él cuando desaparecen las dos personas que le corregían las respuestas. El humor seco del narrador, su ritual de comer almendras imaginando que crecen hasta el tamaño de un melón, y la ternura áspera de la abuela sostienen un relato que examina la empatía desde fuera —desde quien no la tiene— y, al hacerlo, deja al lector preguntándose cuánta de la suya es genuina y cuánta es también un guion memorizado.