«Almudena Montiel» narra la historia de una niña huérfana en un pueblo español durante los años de posguerra, primero acogida por una tía sin recursos que malvive encalando paredes y buscándole acomodo en otras casas, y después incorporada…
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«Almudena Montiel» narra la historia de una niña huérfana en un pueblo español durante los años de posguerra, primero acogida por una tía sin recursos que malvive encalando paredes y buscándole acomodo en otras casas, y después incorporada al hogar de un matrimonio que termina criándola. Contada en cuatro partes desde el punto de vista de la propia Almudena, ya adulta, la novela se abre con una escena de duelo silencioso en un restaurante de ciudad, el día en que compra los muebles para su boda, y retrocede después a la infancia que explica ese llanto: la muerte de sus padres, el trasiego entre parientes, el trabajo infantil y la lenta construcción de una identidad marcada por la precariedad y la dependencia de la caridad ajena.
La novela arranca con una imagen desconcertante: una joven llamada Almudena llora sin consuelo en la mesa de un restaurante, mientras el matrimonio que la acompaña, Mateo y Adela, no logra entender el motivo de su tristeza en lo que debería ser un día feliz, la compra de los muebles para su próxima boda. Esa escena, cargada de silencios y gestos que no se explican, funciona como umbral hacia el resto del relato: unas palabras escuchadas por casualidad, la mención de que aquellos muebles son parte de «una obra de caridad», bastan para que Almudena se derrumbe y para que el lector intuya que su vida ha estado atravesada por la beneficencia y la conmiseración ajena, aunque nadie se lo haya dicho nunca con claridad.
A partir de ahí, la narración retrocede a la infancia de la protagonista en un pueblo del sur durante los años de la posguerra española. Huérfana de padre y madre, Almudena queda al cuidado de su tía Mariana, una mujer alta y trabajadora que sostiene a una familia numerosa con encalados de tapias y techos mientras su marido bebe el jornal antes de llegar a casa. La novela detiene la mirada en los pequeños rituales de la supervivencia: el reparto de comida, los mandados, el café que la niña lleva cada mañana a su tío Federico, un hombre de posición modesta pero influyente en el pueblo, y las gestiones de la tía para «colocar» a la pequeña en casa de vecinos que puedan hacerse cargo de ella.
Esas gestiones desembocan en la llegada de Almudena a la casa de Mateo y Adela, un matrimonio sin hijas y con un niño enfermizo, Mateíto, al que la protagonista termina ayudando a comer cuando ni sus propios padres lo consiguen. Instalada casi sin palabras en un hogar ajeno, Almudena aprende a hacer camas, a fregar subida en un cajón, a limpiar zapatos y a moverse por una casa que no es la suya como si lo fuera, mientras a su alrededor los adultos deciden por ella sin consultarla. El relato se detiene también en las mujeres del entorno, como Frasquita, viuda de un fusilado, que lava ropa ajena a escondidas de sus propios hijos por vergüenza y necesidad, retrato de un tiempo de hambre, señalamientos políticos y silencios impuestos tras la guerra.
Con un estilo pausado y detallista, atento a objetos, oficios y costumbres de la época, «Almudena Montiel» construye el retrato de una infancia moldeada por la orfandad, la utilidad práctica que los adultos ven en una niña obediente y la dignidad silenciosa con la que la protagonista atraviesa esas circunstancias. La estructura en cuatro partes permite seguir su recorrido desde la niñez hasta el umbral de la edad adulta, mientras la escena inicial del restaurante actúa como recordatorio constante de que toda esa historia converge en un instante de revelación y quiebre emocional.
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