En la Viena de 1823, un anciano y agotado Antonio Salieri convoca al público como testigo final para confesar un crimen que ha guardado durante más de treinta años: haber destruido, por envidia, al joven Wolfgang Amadeus Mozart.
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En la Viena de 1823, un anciano y agotado Antonio Salieri convoca al público como testigo final para confesar un crimen que ha guardado durante más de treinta años: haber destruido, por envidia, al joven Wolfgang Amadeus Mozart. La obra retrocede hasta la Viena imperial de la década de 1780, donde Salieri, compositor de la corte de José II, ve llegar a un músico prodigioso, vulgar y risueño cuyo talento desafía todo lo que él ha construido con disciplina, fe y ambición. Lo que comienza como rivalidad profesional se transforma en una obsesión que mezcla admiración, rencor y una crisis de fe, mientras Salieri urde en silencio la ruina del rival al que en secreto venera.
La pieza se presenta como el testimonio final de Antonio Salieri, anciano recluido en sus habitaciones vienesas, que invoca a la posteridad —el propio público— para relatar antes del amanecer la historia que la ciudad ya murmura como confesión de un asesinato. Entre criados casi invisibles, pasteles, una silla de ruedas y un pianoforte, el relato salta de 1823 a los años de esplendor de la corte de José II, cuando Salieri era el compositor favorito del Emperador, hombre de rutinas devotas y ambición cuidadosamente disimulada bajo la cortesía cortesana. Un pacto de juventud con un Dios que Salieri imagina como comerciante severo —talento a cambio de virtud— sostiene su idea de sí mismo como siervo ejemplar del arte y de la fe. La llegada a Viena de Wolfgang Amadeus Mozart, presentado por los rumores de la corte como niño prodigio y, en persona, como un joven bullicioso, procaz y desconcertantemente libre de solemnidad, quiebra esa arquitectura interior: Salieri escucha por azar una serenata de Mozart y reconoce en ella una perfección que ninguna disciplina puede igualar. A partir de ese instante, la narración —sostenida por la crónica incesante de los dos Venticelli, informadores oficiosos de la vida vienesa— entrelaza la comedia de las intrigas palaciegas, los celos profesionales entre compositores italianos y austríacos, y la vida privada de Mozart junto a Constanze, con la lenta transformación de Salieri: de rival cauteloso a arquitecto encubierto de la caída ajena. La obra indaga en el abismo entre el mérito trabajado y el don inexplicable, en la fragilidad de la fe cuando se siente traicionada por la injusticia del talento, y en cómo la mediocridad con poder puede minar en silencio a la genialidad sin defensas prácticas. El propio Salieri, narrador de su historia y a la vez su acusado, deja en suspenso ante el público la pregunta que atraviesa toda la representación: hasta qué punto es responsable de la temprana muerte del hombre al que, pese a todo, considera el mayor músico que ha existido.