Un joven profesor de letras, recién destinado a un instituto de las Ardenas, se pierde en un bosque fronterizo y descubre una mansión abandonada y prohibida por la propia autoridad municipal.
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Un joven profesor de letras, recién destinado a un instituto de las Ardenas, se pierde en un bosque fronterizo y descubre una mansión abandonada y prohibida por la propia autoridad municipal. Lo que empieza como curiosidad cartográfica se convierte en una relación semanal con Lilith, una mujer que dice haber muerto en 1910 y que le revela, entre encuentros carnales y mordeduras, la genealogía satánica de su casa. Primera parte de una ficción erótica paranormal para lectores adultos.
El narrador es un agregado de letras modernas que soñaba con la Costa Azul y acaba destinado a un instituto de Charleville, en las Ardenas. Ordenado, algo solitario, con formación en Bellas Artes y un pasado de escultismo que le dejó afición por los mapas y la brújula, dedica sus fines de semana a explorar las manchas casi en blanco de la cartografía: decenas de kilómetros cuadrados de bosque al este de la ciudad, allí donde la frontera franco-belga se difumina entre árboles y restos oxidados de la Gran Guerra.
En una de esas salidas de mayo se desorienta a propósito —le gusta perderse y volver a encontrarse— y da con un cartel comido por la herrumbre: propiedad privada, prohibido el paso. Un kilómetro más allá aparece el recinto: un cuadrilátero amurallado de trescientos metros por lado, verjas soldadas con cadenas, y en el centro una casona cuadrada de dos torrecillas de pizarra, vidrieras rotas y hiedra. Fuerza la entrada. Dentro no hay muebles, solo cortinas podridas, una chimenea sin cenizas y un corredor abovedado que no conduce a ninguna parte. Al medir el edificio por fuera y por dentro comprueba que las cuentas no cuadran: falta superficie, luego hay un pasadizo.
Esa noche, acampado en el salón, el muro del fondo se abre. La aparición que avanza flotando —vestido blanco, luz propia, dos caninos más largos que el resto— se llama Lilith y afirma llevar ciento tres años esperándolo. El encuentro es tan sexual como sanguinario, y de él nace el pacto que estructura el resto del relato: cada sábado, y a veces algún miércoles, él vuelve a la mansión maldita.
Entre abrazo y abrazo, Lilith desgrana su linaje. Hija de una mujer real y de un demonio encarnado —banquero parisino, arcángel infernal bajo otro nombre—, criada por un abuelo que fue gran maestre de una secta satánica y que la ofrendó a su ídolo con cabeza de cabra. La casa, antiguo refugio clandestino de los templarios tras la hoguera de Jacques de Molay, esconde una cripta con dos ataúdes (uno vacío, forrado de rojo, reservado para él), una biblioteca de cincuenta mil volúmenes de ocultismo, un tesoro sepultado diez metros bajo tierra y una advertencia grabada en latín para quien descubra el pasaje. Fuera, un centenar de llamas azuladas parpadean junto al muro: una por cada niño enterrado allí.
La aritmética del vampirismo es explícita y el narrador la acepta sonriendo: a una mordedura por semana le quedan unos tres años. Contrapunto realista, un tabernero del pueblo vecino le cuenta la leyenda —los ulanos prusianos de 1914, el oficial fulminado por un rayo cuando quiso incendiar la casa, la ordenanza municipal que selló las verjas— y le advierte que nadie se acerca a menos de un kilómetro. Él calla que ya ha entrado dos veces. Novela erótica paranormal explícita, narrada en primera persona y destinada exclusivamente a mayores de 18 años; esta primera parte cierra con los misterios de la secta apenas entreabiertos.