«Amador» reúne la poesía de Hugo Figueroa Brett en un volumen publicado en Maracaibo, donde el verso libre avanza sin puntuación ni concesiones. Bajo títulos de una sola palabra —«Can», «Salomé», «Blue», «Ámbar»— el libro alterna el deseo…
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«Amador» reúne la poesía de Hugo Figueroa Brett en un volumen publicado en Maracaibo, donde el verso libre avanza sin puntuación ni concesiones. Bajo títulos de una sola palabra —«Can», «Salomé», «Blue», «Ámbar»— el libro alterna el deseo dicho sin eufemismos con el duelo familiar, la memoria de una casa venezolana y una reflexión insistente sobre el oficio de escribir. Es un poemario de madurez: amoroso y áspero a la vez, atento tanto a la carne como a lo que la carne olvida.
«Amador» es un libro de poemas de Hugo Figueroa Brett publicado en Maracaibo, Venezuela, en edición al cuidado de HENRYFB y La Fundación Natividad Figueroa. Reúne cerca de setenta composiciones breves, casi todas encabezadas por un título de una o dos palabras, escritas en verso libre y con una puntuación reducida al mínimo: el poema fluye en bloques donde el corte de línea hace todo el trabajo del ritmo y del silencio.
El volumen no propone una historia, sino una voz. Un hombre que se declara viejo y poeta habla desde un presente sin épica —la cocina, la madrugada, el bolero que suena, la mesa donde se pelan cebollas— y desde ahí convoca a los ausentes. Hay una mujer amada que atraviesa el libro con varios nombres, hay amigos que se fueron al mar, hay hijos y nietos a quienes se dedican poemas de cumpleaños, y hay una familia entera reconstruida a pedazos: el padre que enviaba fotografías desde Aruba, la madre severa que murió sin leer estos versos, el hermano apuñalado en el mercado principal, la hermana que se interponía para recibir los correazos destinados al hijo flaco.
Esa doble temperatura define el conjunto. Buena parte de los poemas trabaja el deseo con una crudeza deliberada, sin eufemismos ni pudor retórico: el cuerpo aparece nombrado en su fisiología, el erotismo se mezcla con el insulto, la ternura con la obscenidad, y el amor se dice desde la irritación tanto como desde la devoción. Otros poemas, en cambio, bajan la voz hasta el susurro para hablar de la infancia en el callejón, de la bulla de una casa, de una bolsa con tres plátanos y dos cebollas que también podía llamarse el alma.
El repertorio de referencias es amplio y desprejuiciado: Rafael Sanzio y Catulo conviven con King Kong, Vicentico Valdés y Carmen Delia Dipini; Gengis Kan, Zaratustra y el mensajero de Julio Verne aparecen junto a los pictos y escotos de Escocia o a la Salomé de la bandeja. El léxico, en cambio, está firmemente anclado en el Caribe venezolano —bucare, flamboyán, budare, mistelas, alpargatas, achiote—, de modo que la cultura libresca y el habla doméstica se sostienen en el mismo verso sin jerarquía.
Hacia el final, el libro cambia de respiración. Una serie de piezas tituladas simplemente con letras, de la A a la I, funciona casi como un cuaderno de estampas: cigüeñas en una torre, una barca cuyo timonel es la llama, la doncella y la manzana, el nenúfar entendido como arquitectura de la melancolía. Son poemas más contemplativos, próximos a la descripción de cuadros, donde la violencia anterior se decanta en imagen. Después, la voz regresa a lo íntimo para despedir a la madre y a la hermana Hedy en dos textos que cierran el volumen sin consuelo y sin retórica.
Lo que queda es un libro de balance, escrito por alguien que sabe que el amor es inútil y aun así lo llama amor, y que anota casi al pasar la frase que ordena todo lo demás: la memoria es un paso hacia la muerte. «Amador» interesará a quien busque poesía hispanoamericana contemporánea de registro directo, capaz de sostener en la misma página la elegía y el exabrupto.