Tras un divorcio doloroso y la muerte de su hijo, un hombre encerrado en la rabia y la culpa entabla un diálogo imposible con la Vida y sus siete entidades —el tiempo, la soledad, el miedo, la muerte, el cambio, el perdón y el amor— que lo…
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Tras un divorcio doloroso y la muerte de su hijo, un hombre encerrado en la rabia y la culpa entabla un diálogo imposible con la Vida y sus siete entidades —el tiempo, la soledad, el miedo, la muerte, el cambio, el perdón y el amor— que lo obligan a mirarse de frente y a decidir si seguir sobreviviendo o empezar, por fin, a vivir.
«Ámame 7 veces» sigue el derrumbe y la reconstrucción de Cam, un hombre que lo tenía casi todo —una familia, una posición estable, una vida ordenada— hasta que un regreso temprano a casa destapa una traición que hace estallar su matrimonio. Años después, instalado en la soledad de un apartamento que ya no siente propio, Cam ha convertido el rencor en costumbre: culpa a la vida de cada pérdida, se refugia en el alcohol y discute cada noche con su propio reflejo, como si el espejo pudiera devolverle una respuesta. La muerte repentina de su hijo menor, con quien mantenía el vínculo más luminoso de su vida, lo empuja al borde literal de un balcón y de sí mismo. Es en ese límite donde aparece ella: una figura que se presenta, sin rodeos, como la Vida. A partir de ahí, la novela se construye como una sucesión de encuentros y diálogos —a veces tiernos, a veces cortantes— entre Cam y esta presencia y su descendencia simbólica: el tiempo, la soledad, el miedo, la muerte, el cambio, el perdón y el amor, siete entidades que Cam ha invocado sin saberlo cada vez que ha pedido ayuda. Cada una le devuelve, con una lógica que desmonta sus certezas, la parte de responsabilidad que él prefería atribuir al destino. Entre hospitales, rupturas, un diagnóstico grave y la posibilidad de un reencuentro familiar, Cam va soltando capa a capa la coraza de un hombre que confundió el control con la paz. Escrita como una fábula filosófica envuelta en drama familiar, la obra combina escenas realistas —una cena entre padre e hijo, una discusión con una expareja, la espera en la puerta de un funeral— con pasajes de naturaleza onírica en los que lo humano y lo simbólico conversan de igual a igual. El resultado es un recorrido por el duelo, la culpa y la posibilidad de reconciliación, que plantea una pregunta central: qué parte de lo que llamamos destino es, en realidad, una elección que nos negamos a reconocer.