Dos mujeres separadas por medio siglo convergen en los mismos jardines de la Alhambra: una joven mexicana de veintidós años que acaba de descubrir el precio real de haber sido la amante de su jefe, y una anciana que regresa del exilio a la…
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Dos mujeres separadas por medio siglo convergen en los mismos jardines de la Alhambra: una joven mexicana de veintidós años que acaba de descubrir el precio real de haber sido la amante de su jefe, y una anciana que regresa del exilio a la Granada que la vio partir. Entre fuentes, patios y páginas subrayadas, ambas descubren que ciertas decisiones no terminan nunca de ocurrir.
Marisa lleva horas sentada en una banca de la Alhambra, abrazada a un libro, sin importarle que los turistas la miren. Tiene veintidós años, está en otro continente por primera vez y acaba de quedarse sola en una ciudad que hasta la noche anterior le parecía un decorado hecho a la medida de su historia. En la habitación del hotel la esperan sus vestidos —uno por cada noche—, un mensaje grabado que no dice adiós del todo y un sobre con dinero que convierte ocho meses de secreto en una transacción. Fue la amante de Santiago Rubalcaba; ahora es la mujer que tiene que inventar una excusa para volver antes de tiempo a México y decidir qué hacer con su vida, con su culpa y con Jorge, el hombre al que ama y al que ha estado mintiendo.
En el mismo lugar, medio siglo antes y medio siglo después, camina Pilar. A los diecisiete años cruzó la puerta de la Alhambra de la mano de Antonio, ensayando frente al espejo la manera de decir que sí; entre telas, moldes y las advertencias suaves de Doña Mari —la vecina modista que le enseñó a coser y a mirar— construyó un futuro que la llevaría lejos de su tierra. Vieja ya, viuda, vuelta a Granada por primera vez en décadas, Pilar recorre esos jardines sin mapa y sin prisa, reconociéndose por fin como una mujer sola que no le teme a la soledad. Su voz, en primera persona, es un balance sereno y sin autocompasión: el exilio, el silencio elegido, la certeza tardía de que amar no obligaba a ser una sombra sin voz.
Las dos narraciones se alternan sin tocarse del todo, y esa distancia es precisamente lo que las ilumina. Donde Marisa vive en presente puro —la vergüenza, la rabia, el cuerpo al que le han puesto precio, el vuelo a Madrid que quizá no tome—, Pilar dispone de todo el tiempo del mundo para entender lo que a la otra apenas empieza a doler. La Alhambra funciona como el punto de fuga común: escenario del amor imaginado de Boabdil y Moraima, patio donde se pide un deseo con una moneda, jardín donde una joven se descalza para releer las señales que ella y su amante escribían al margen de un libro compartido.
Escrita en una prosa contenida, atenta al detalle físico —la seda que se escapa entre los dedos, la aguja enhebrada al primer intento, los pies casi descalzos sobre el pasto—, la novela avanza por acumulación de instantes más que por sobresaltos. Habla de lo que se hereda entre mujeres: los oficios, los consejos que sólo resuenan años después, los abrazos que llegan de quien no es la madre. Y sostiene, sin subrayarlo, una idea incómoda y consoladora a la vez: que las decisiones que definen una vida se toman en un segundo, y que ese segundo se queda ocurriendo para siempre.
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