Antes de convertirse en el mentor cínico y bebedor que conocimos en los Juegos del Hambre originales, Haymitch Abernathy fue un chico del Distrito 12 con una vida propia: una madre lavandera, un hermano pequeño, un oficio de contrabandista…
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Antes de convertirse en el mentor cínico y bebedor que conocimos en los Juegos del Hambre originales, Haymitch Abernathy fue un chico del Distrito 12 con una vida propia: una madre lavandera, un hermano pequeño, un oficio de contrabandista de licor y un amor de juventud, Lenore Dove, tan apasionado como peligroso de sostener bajo la vigilancia del Capitolio. La novela arranca el día de su decimosexto cumpleaños, que coincide con la cosecha del segundo Vasallaje de los Veinticinco, cuando el doble de niños de lo habitual será arrancado de sus familias para los Juegos del Hambre. A través de pequeños gestos de resistencia, canciones prohibidas y la fatalista certeza de que el Capitolio siempre gana, la historia construye el retrato de un muchacho que aún cree que puede proteger a los suyos, justo antes de que el sorteo cambie su destino para siempre.
La acción se sitúa en el Distrito 12, cincuenta años después de que Panem sometiera a los distritos rebeldes con la creación de los Juegos del Hambre. Haymitch Abernathy cumple dieciséis años el mismo día en que se celebra la cosecha, una coincidencia que lo ha perseguido desde la infancia y que este año resulta especialmente cruel: se trata del segundo Vasallaje de los Veinticinco, y como castigo conmemorativo cada distrito debe entregar el doble de tributos. Antes de que el reloj corra hacia la ceremonia, el relato se demora en la textura de la vida cotidiana de Haymitch: su madre, viuda y lavandera, que no desperdicia nada; su hermano pequeño, Sid, que lo admira; su trabajo clandestino ayudando a destilar licor blanco para una mujer mayor del bosque; y, sobre todo, Lenore Dove, una joven de la comunidad musical conocida como la Bandada, criada por sus tíos tras la muerte de su madre, que canta baladas de protesta disfrazadas de canciones populares y que discute con Haymitch sobre el falso consuelo de creer que el futuro será igual que el pasado. Ese diálogo —sobre la inevitabilidad aparente de la cosecha y la posibilidad, remota pero real, de que las cosas cambien— funciona como el corazón filosófico del libro, apoyado por las citas iniciales sobre propaganda, opinión pública y las bases frágiles del poder que abren la obra. Cuando llega la ceremonia, la plaza del distrito se llena de agentes de la paz, consignas oficiales y el ritual opresivo del Tratado de la Traición, hasta que el sorteo revela los primeros nombres condenados a subir al escenario. Lo que hasta entonces era una historia de amor adolescente, oficios heredados y pequeñas rebeldías domésticas se convierte, en cuestión de minutos, en el umbral de una tragedia mayor: el lector que ya conoce el destino de Haymitch Abernathy como superviviente amargado de una edición pasada de los Juegos empieza a entender, capa a capa, el precio exacto que pagó por sobrevivir y todo lo que perdió por el camino.
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