Un escritor en horas bajas regresa al pueblo de su infancia para la lectura del testamento de su abuelo y hereda algo más modesto y más peligroso que una casa: una pluma, una llave y una advertencia cifrada.
Descargar
Un escritor en horas bajas regresa al pueblo de su infancia para la lectura del testamento de su abuelo y hereda algo más modesto y más peligroso que una casa: una pluma, una llave y una advertencia cifrada. Entre una casa vacía, una biblioteca demasiado concurrida y un bosque que empieza a devolverle la mirada, Amanecer en Moontown convierte el duelo en un relato de vigilia donde escribir y sobrevivir acaban siendo el mismo gesto.
Allen Deval conduce durante horas hacia Drazah sin ninguna prisa. Se detiene frente al mar a ver caer el sol con un cigarrillo que no piensa encender, y llega tarde —como siempre— a la casa de su abuelo, donde su familia lleva más de una hora esperándolo. No fue al funeral del día anterior: para él, los ritos del duelo sirven a los vivos, y ninguna ceremonia le devolverá al único hombre que de verdad lo entendió. Es, sin embargo, quien más lo llora, aunque nadie en esa habitación sabría reconocerlo.
El testamento del viejo Alfred Deval reparte poco y sugiere mucho. Al padre le deja la casa maltrecha; al nieto mayor, un auto; a Allen, una colección de libros y la sala privada que ocupaba en la biblioteca municipal, con una condición extraña adherida al legado: que no la use para siempre, que se marche de allí sin mirar atrás cuando ya no la necesite. Nadie entiende la frase. Allen, distraído durante la lectura, tampoco. Se ofrece a quedarse a cuidar la casa —unas vacaciones indefinidas de una carrera literaria que se le deshace entre las manos— y su familia acepta con alivio y desconfianza a partes iguales.
Solo en una casa sin libros, sin radio ni televisor, con el teléfono desconectado por voluntad propia, Allen encuentra exactamente el vacío que buscaba. En la sala de la biblioteca, oscura y sin bombillas porque el abuelo prefería la luz de las velas, lo espera un mensaje escrito de puño y letra en la primera página de un cuento que el viejo escribió para él cuando era niño. La pista lo lleva a un escritorio de teca, a una caja y a una carta última: la herencia real es una pluma corriente, gastada, que el abuelo llama su única amiga y le pide no dejar olvidada.
Con esa pluma, Allen empieza a escribir a mano por primera vez en su vida, y algo se destraba. Las páginas avanzan, las noches se alargan hasta las cuatro de la madrugada y los días se copian unos a otros con una calma que casi parece felicidad. Hasta que, una de esas noches, una niebla anormalmente oscura cubre el terreno y dos ojos lo observan desde detrás de un árbol. Luego son dos sombras. Luego están al otro lado de la puerta.
Amanecer en Moontown avanza del retrato íntimo al acecho sin cambiar de tono: la misma voz que se demora en el color del cielo y en las manías de un hombre que come cuatro veces al día y nunca ha visto salir el sol describe después una huida a ciegas por un bosque que se extiende kilómetros en la dirección equivocada. Andrew Ramiz construye a un protagonista incómodo y honesto —alguien que no siente la incomodidad social ajena, que no pide ayuda porque cree que nadie puede dársela— y lo empuja hacia el único territorio donde su rareza deja de ser un defecto. Detrás está siempre el abuelo: la conversación interrumpida, la carta que dejó de llegar sin explicación un año antes de morir, la sospecha creciente de que aquel legado no era un gesto sentimental sino una instrucción.
Novela sobre la herencia como enigma, sobre el oficio de escribir cuando ya no quedan oportunidades y sobre el amanecer que un insomne nunca ha llegado a ver, esta obra se lee como un duelo que se niega a comportarse y termina abriendo una puerta que nadie esperaba encontrar.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.