Hispania, año 29 a.C. Eidan Acha, autrigón esclavizado de niño y liberado con el nombre romano de Albius, malvive en Pompaelo entre alquileres abusivos y vecinos imposibles hasta que un prefecto de la Legio I Augusta lo recluta como…
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Hispania, año 29 a.C. Eidan Acha, autrigón esclavizado de niño y liberado con el nombre romano de Albius, malvive en Pompaelo entre alquileres abusivos y vecinos imposibles hasta que un prefecto de la Legio I Augusta lo recluta como traductor para una misión en el valle de Amania. Novela histórica narrada desde abajo, donde la conquista se mide en caminos embarrados, sueldos escasos y lealtades divididas.
«Amania» arranca con el humo de un asedio: a finales del 30 a.C., las máquinas de guerra romanas castigan un oppidum vacceo que se niega a rendirse, y lo que parecía una victoria fácil se convierte en emboscada y matanza. De ese episodio salen los hilos que sostienen la novela: un general veterano y desconfiado, Tito Estatilio Tauro; un prefecto joven, brillante y de linaje sospechoso, Marco Albius Flavus; y una orden aparentemente menor, acudir en auxilio de los amanos, una tribu autrigón que teme una incursión cántabra desde el otro lado del valle.
El relato cambia entonces de altura y de voz. En febrero del 29 a.C., en Pompaelo, un liberto cuenta su vida en primera persona con una mezcla de ironía y cansancio: el frío que entra por unas ventanas sin contraventanas, el agua helada del aseo, el llanto nocturno de un niño en el piso de abajo, las orgías de la vecina que ha convertido la terraza en negocio, y un casero avaricioso que lo señala con dedos cargados de anillos. Trabaja para Alesander, comerciante de telas medio galo medio vascón, recorriendo aldeas en mula para comprar lana y regatear sestercios, y se queda con las monedas sobrantes porque el alquiler no perdona. Se llama Eidan Acha, pero responde al nombre de la familia que lo poseyó: Albius.
La aparición de dos legionarios en la puerta de su ínsula rompe esa rutina. Flavus, sobrino del amo que lo liberó, ha venido a buscarlo por una razón práctica: habla latín, autrigón y algo de vasco, y Roma necesita alguien que traduzca a sus aliados del norte. La oferta —trescientos denarios y quizá alguna paga extra— llega acompañada de una etiqueta incómoda: lo consideran fiable y leal, cuando su libertad nació de un cálculo oportuno frente a dos esclavos que planeaban un asesinato.
El viaje hacia Amania se convierte en el corazón del libro. Albius discute rutas con centuriones que desprecian sus caminos de cabras, aprende a montar a duras penas con un gladius que no sabe usar, y avanza hacia la tierra donde murió su familia cuando los cántabros atacaron y donde los propios romanos, tomándolo por enemigo, lo esclavizaron a los ocho años. Regresar es también volver a un idioma que casi olvidó y a una pertenencia que Roma le enseñó a negar.
Fernando Pérez Sañudo construye su novela con abundante detalle material y militar —formaciones, insignias, máquinas de asedio, monedas, tintorerías que funcionan con orina recogida en las calles— sin perder el registro coloquial y cercano del narrador. Alrededor de él se mueve un elenco nítido: la prostituta Acca Duilia, el esclavo germano Hadar, el centurión primípilo encargado en secreto de vigilar a su superior, el comandante de la caballería auxiliar vascona. El resultado es un retrato de la Hispania septentrional en el momento exacto en que Augusto termina de cerrar el mapa: un mundo de alianzas frágiles, fronteras porosas y hombres que sirven a un imperio que nunca los considerará del todo suyos.