Un agente secreto convaleciente y una maquilladora experta en máscaras coinciden en un edificio de Manhattan donde nada es lo que parece. Entre desapariciones extrañas, empleados recién llegados y una identidad fingida bajo capas de látex,…
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Un agente secreto convaleciente y una maquilladora experta en máscaras coinciden en un edificio de Manhattan donde nada es lo que parece. Entre desapariciones extrañas, empleados recién llegados y una identidad fingida bajo capas de látex, ambos descubren que el mayor riesgo no es el que corren, sino el de dejarse conocer.
Ryder O’Neal lleva seis semanas encerrado en un lujoso apartamento del Carillon Arms con un fémur fracturado, la escayola picándole y la certeza creciente de que quince años de servicio le han dejado exhausto. Su mentor, un británico impecable llamado Alistair Chambers, aparece con whisky, ironía y un piso de regalo, decidido a convencerlo de que el retiro es una fantasía: el peligro, insiste, es un vicio del que nadie se cura. Un viaje reciente a Omaha, donde esperaba admiración y encontró en cambio hermanos serenos y felices sin envidiarle nada, ha sembrado en Ryder una pregunta incómoda sobre qué exige más valor, esquivar balas o sostener una vida familiar.
Nueve pisos más arriba vive temporalmente Joanna Stratton, maquilladora teatral de renombre especializada en máscaras y transformaciones, instalada en el apartamento de su madre mientras esta persigue la juventud en una isla griega. A sus treinta y dos años, Joanna arrastra la viudez temprana de un matrimonio brevísimo, una infancia criada por niñeras y la costumbre de no quedarse el tiempo suficiente en ningún sitio como para atarse a alguien. Un encargo publicitario —envejecer a un actor cincuenta años ante la cámara, en intervalos de diez— la devuelve al oficio que mejor domina, y la lleva a ensayar sobre su propio rostro: base pálida, polvos oscuros, látex bajo los ojos, cuarenta años añadidos en veinte minutos.
Ese experimento la convierte, sin proponérselo, en Kathryn Hayes, una octogenaria ingeniosa y deslenguada que se cruza con Ryder en la lavandería del edificio mientras rescata unas llaves caídas entre dos lavadoras. El encuentro dura cinco minutos y los deja a ambos desconcertados: él fascinado por una mujer que no debería fascinarlo, ella atrapada en una impostura que crece con cada réplica. Alrededor, el Carillon acumula señales inquietantes —un encargado excesivamente solícito, dos ayudantes desconocidos, una cooperativa recién formada, inquilinos veteranos presionados por un arrendador impaciente— que sugieren que el edificio esconde mucho más que reformas.
La novela cruza el humor de la comedia de enredo con la tensión del relato de espionaje, y apoya su fuerza en un juego de identidades donde el disfraz profesional de ella y la clandestinidad profesional de él funcionan como espejos. Ambos protagonistas se han especializado en no ser vistos: Joanna fabricando rostros ajenos para no exponer el propio, Ryder cambiando de país antes de que alguien pueda retenerlo. El vecindario, con su elenco de personajes veteranos y sus intrigas domésticas, aporta calidez y contrapunto a una intriga que se va tensando poco a poco. Lo que empieza como un malentendido cómico entre una anciana ficticia y un espía aburrido termina obligando a los dos a decidir cuánto están dispuestos a arriesgar cuando ya no queda maquillaje detrás del cual esconderse.
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