En el Harpers Ferry de la Guerra Civil, una joven viuda sureña ve su casa confiscada por el ejército de la Unión y descubre que el oficial al mando es el hombre al que amó toda su vida y al que ahora jura odiar.
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En el Harpers Ferry de la Guerra Civil, una joven viuda sureña ve su casa confiscada por el ejército de la Unión y descubre que el oficial al mando es el hombre al que amó toda su vida y al que ahora jura odiar.
Otoño de 1861. Los confederados han volado los depósitos de municiones y se han retirado de Harpers Ferry, y sobre la colina de Montemarte —una mansión de columnas griegas construida con la fortuna de una familia armera— avanza una columna de uniformes azules. Kiernan Miller los espera sola en el porche, vestida para una cena que probablemente nadie llegará a comer, con dos cuñados adolescentes dentro de la casa y una mujer esclavizada que la increpa por no huir mientras puede. La orden que traen los soldados es reducir la propiedad a cenizas: represalia por cada rifle que salió de la fábrica Miller y acabó en manos confederadas.
Kiernan no huye. Se queda por Virginia, por los niños que quedaron a su cargo tras una boda precipitada, y por algo más difícil de nombrar: la certeza de que doblegarse una vez sería doblegarse para siempre. Reza por un héroe vestido de gris. Lo que llega, a galope y con una orden escrita en la mano, es un capitán de caballería de la Unión que apaga las antorchas y anuncia que confiscará la casa como cuartel general, hospital y quirófano. Es Jesse Cameron: el médico, el vecino de la infancia, el hombre al que ella adoró de niña, amó de mujer y odió con la misma intensidad el día en que eligió el azul mientras el resto de su familia elegía el gris.
A partir de ese encuentro, la novela reconstruye cómo se llegó hasta ahí. Retrocede a la medianoche del 16 de octubre de 1859, cuando un disparo despierta a Kiernan en una casa prestada de Harpers Ferry y las sombras armadas en la calle anuncian el asalto de John Brown al arsenal federal —el episodio que, en la memoria de los personajes, marca el instante en que el mundo empezó a partirse en dos. Antes de eso hay veranos indolentes junto a manantiales, sueños compartidos bajo un cielo pálido, debates de sobremesa sobre secesión y derechos de los estados, y dos hermanos Cameron que todavía vestían el mismo uniforme.
Lo que se despliega es a la vez crónica de una casa ocupada y anatomía de un amor imposible de renunciar. Kiernan promete pelear cada metro de terreno, vigilar que los prisioneros rebeldes reciban el mismo trato que los heridos federales y esperar el regreso de Jackson o Lee. Jesse acepta el desafío sin ceder un ápice de su control, consciente de que la guerra que los enfrenta no es solo la de sus naciones. Entre ellos hay demasiado odio, demasiada pasión y demasiada historia compartida para que ninguno de los dos salga intacto de la ocupación de Montemarte.
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