Madrid, invierno de 1956. La hija de unos porteros llegados de Valdemorillo estrena su primer mes de prueba en el semanario Sucesos justo cuando su padre cumple condena por un accidente que nadie en casa cree accidental.
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Madrid, invierno de 1956. La hija de unos porteros llegados de Valdemorillo estrena su primer mes de prueba en el semanario Sucesos justo cuando su padre cumple condena por un accidente que nadie en casa cree accidental. Entre el frío polar que paraliza Europa, un ladrón de leyenda al que la prensa llama Pies de Franela y el regreso inesperado de un primer amor metido en política universitaria, la narradora reconstruye los meses en que su familia aprendió a sostenerse sola y ella descubrió que sabía escribir.
En octubre de 1954, Felisa y Trino cargan con sus cuatro hijos, el abuelo Basilio y muy pocas certezas para hacerse cargo de una portería en la plaza de los Frutos, en pleno Chamberí. Vienen de unas tierras heredadas que no dan de comer y de un pueblo donde, como dice la narradora, cualquier sueño se marchitaba antes de haber nacido. Madrid es la promesa que traían las cartas de los tíos y la envidia que despertaban los veraneantes: se gana diez veces más, hay sitio para todos, el porvenir está en la ciudad.
La promesa dura poco. Un gato hidráulico mal colocado sobre un foso de las cocheras hiere a un jefe con el que el padre había tenido palabras al negarse a secundar una huelga, y la sospecha de ajuste de cuentas hace el resto: dos policías se lo llevan una mañana y la casa entera queda descabalada, callada, fiel al mandamiento añadido de la madre —no te quejarás, siempre puede ir peor—. Miguel, el mayor, asume la carbonera y la caldera; Chelo, actriz y bailarina, madre a los diecisiete, sigue matando la pena con los dedos convertidos en pistola; el pequeño Pedrito pregunta por todo. Y la narradora, mecanógrafa veloz y lectora tardía, consigue por mediación del detective Héctor Perea un mes de prueba en el semanario Sucesos.
Su primer día cae en un febrero de ola polar, con el Manzanares helado, barcos atrapados en el Báltico y los vecinos discutiendo si la culpa es de las bombas americanas. Su primer encargo es humilde y revelador: clavar banderitas sobre un plano de Madrid para señalar las manzanas donde ha golpeado Pies de Franela, un espadista silencioso que trepa fachadas, no deja huella ni melladura y parece robar menos por dinero que por el gusto de burlar a la policía. Ese ladrón sin rostro, disputándose los titulares con la boda de Grace Kelly, será su bautismo de fuego. La misma madrugada, un sobre dejado en el mostrador de la portería trae tres líneas escritas por Jaime —el señorito universitario, el primer amor, el hombre que le enseñó a perderle el miedo a los libros— de vuelta en la ciudad y de vuelta en su sangre, con una revolución estudiantil que anuncia desde hace demasiado tiempo.
Contada muchos años después por quien fue aquella muchacha, la novela avanza a dos alturas. Abajo, la calle: el sereno con su sonajero de llaves, el sillero, el afilador, el trapero, los mirones que reparten hambres de guerra y cotilleos de Hollywood en el banco de la plaza, el bar de los tíos donde el chisquero pasa de mano en mano y una multa al panadero se comenta como un suceso nacional. Arriba, el pulso íntimo de una familia que ha aprendido a no dar nada por seguro y de una mujer joven que guarda en el armario unos pantalones cosidos por ella misma y no se atreve a estrenarlos en la calle.
Es, a la vez, una crónica de barrio, un retrato del Madrid de 1956 con su censo creciente y sus silencios impuestos, y una historia de vocación: la de quien empieza pasando a limpio lo que otros escriben y termina firmando. También un ajuste de cuentas afectuoso con una ausencia, escrito, según confiesa la narradora, para que un padre que ya no puede leerlo se sintiera orgulloso.