Miguel Herrera, alias El Puntilla, entra por sexta vez en prisión y allí coincide con Marcos Borrel, un empresario elegante y millonario que llega en prisión preventiva acusado de asesinar a siete mujeres.
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Miguel Herrera, alias El Puntilla, entra por sexta vez en prisión y allí coincide con Marcos Borrel, un empresario elegante y millonario que llega en prisión preventiva acusado de asesinar a siete mujeres. En un penal donde ese delito equivale a una sentencia de muerte, Miguel decide advertirle y, casi sin proponérselo, convertirse en su intermediario. Marcos responde de la única forma que conoce: negociando. Mientras compra protección al recluso más temido del módulo, el relato retrocede hasta la vida que lo llevó hasta allí —los negocios, los amigos a sueldo, una agencia de divorcios diseñada para provocar infidelidades y una llamada anónima que prometió matar mujeres, una tras otra, hasta hacerle pagar por todo lo que había hecho.
Todo empieza con un hombre que espera sentado a que la policía derribe su puerta. Miguel Herrera, apodado El Puntilla, ha escapado cuarenta y cinco veces y esta vez no se mueve: sabe que su regreso al penal marca el final de una carrera y el principio de otra cosa, porque antes de entrar ha cerrado un acuerdo verbal cuyo único término tiene nombre propio.
Ese nombre es Marcos Borrel. Miguel lo ve por primera vez en el furgón de traslado: alto, cuidado, visiblemente ajeno al lugar al que se dirige, con las manos temblando de un modo que en ese entorno equivale a señalarse a sí mismo. Miguel, que ha visto lo suficiente para reconocer a una presa, hace algo que no sabe explicarse y le susurra su nombre. A partir de ahí, la novela sigue una alianza improbable entre un delincuente de barrio, menudo y curtido, y un empresario acostumbrado a que todo se resuelva con una cifra.
El relato retrata el interior de la prisión con precisión de mapa: el capellán que hace tiempo cruzó la línea que él mismo predica, los funcionarios que ordenan la llegada como quien reparte ganado, la banda que domina un pabellón por puro cálculo del terror, y la ley no escrita que castiga con más saña que el propio código penal. Cuando Marcos confiesa de qué se le acusa —la muerte de siete mujeres—, Miguel entiende que la verdad no importa: en ese sitio, la acusación basta. Le ordena inventarse otro delito y le explica que ahí dentro las mujeres se idealizan hasta lo sagrado, precisamente porque están ausentes. Marcos, en lugar de esconderse, va a buscar al hombre más peligroso del patio y le propone un negocio con fecha, condiciones y dos millones de euros de por medio.
La segunda línea del libro reconstruye lo que quedó fuera de los muros. Marcos vivía en la cima: empresas de comunicación e inversión, un apartamento compartido con su ayudante y sombra permanente, una esposa que dirige una agencia de modelos y una vida diseñada para que la mirada ajena no pudiera ignorarlo. Con un antiguo compañero de estudios pone en marcha una agencia de divorcios que solo acepta clientas, contrata señuelos para seducir a sus maridos y graba las pruebas que después se llevarán ante un juez. Es un mecanismo rentable, frío y perfectamente legal en apariencia. Hasta que una noche, después de una cena en la que Marcos vuelve a demostrar que puede doblar la realidad a su favor, suena el teléfono de su casa. Una voz distorsionada asegura conocerlo, jura hacerle pagar su crueldad y anuncia una serie de asesinatos escalonados de mujeres.
De ese punto arranca la pregunta que sostiene la novela: si Marcos es una víctima cuidadosamente elegida o un hombre que se limitó a cobrar la factura de su propia forma de vivir. Contada por un narrador que no pide indulgencia y que admite sin adornos la heroína, los robos y las huidas que lo trajeron hasta aquí, la historia avanza entre la crónica carcelaria y el thriller de venganza, con un pulso seco para los diálogos y un interés constante por las jerarquías que los hombres construyen cuando se les quita todo lo demás. Finalista del I Premio MRA Ediciones.
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