Novela testimonial peruana narrada por Lucía, una niña que crece entre la ausencia de su padre, la indiferencia de su madre y el abuso de la pareja de esta.
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Novela testimonial peruana narrada por Lucía, una niña que crece entre la ausencia de su padre, la indiferencia de su madre y el abuso de la pareja de esta. Escrita en primera persona y con un lenguaje cargado de imágenes de duelo, insomnio y autolesión, la obra reconstruye una infancia interrumpida y el largo aprendizaje de nombrar lo que durante años se calló.
«Amargo café» es un relato en primera persona que sigue a Lucía desde una infancia rural, junto a un río y un árbol de ciruelo, hasta el desarraigo de una mudanza a la ciudad tras una epidemia que arrasa el ganado familiar. Ese traslado, presentado al principio como una búsqueda de oportunidades, marca el inicio de una descomposición doméstica: el padre viaja sin descanso y sus visitas se espacian, la madre retoma sus estudios y se ausenta, las medias hermanas hacen su propia vida, y la niña queda sola en una casa donde nadie pregunta por sus calificaciones ni por su hora de llegada.
En la escuela de la ciudad, Lucía encuentra a Sandra —una amistad que sostiene buena parte del libro— y una vía de escape en el atletismo, donde la carrera le devuelve, por instantes, la sensación de libertad. Pero la irrupción de Luis, compañero de estudios de su madre convertido en pareja y luego en presencia permanente del hogar, quiebra ese frágil equilibrio. La narradora describe con precisión incómoda la progresión del acoso: un primer beso a solas, las noches compartidas en una misma cama, los tocamientos amparados por el sueño ajeno, y finalmente una violación cometida en la sala vacía de la casa. Cuando Lucía intenta hablar, la madre elige creer al agresor, la obliga a arrodillarse y pedir perdón, y consuma así un segundo abandono más devastador que el primero.
La muerte del padre —una enfermedad que le fue deliberadamente ocultada, y de la que se entera por la madre de su amiga— cierra el único vínculo afectivo que la sostenía. Del velorio y del cementerio surgen las páginas más contenidas del libro: la carta que el padre le dejó escrita, las palabras de la tía Elisa sobre el desapego y la impermanencia, un verso de Alejandra Pizarnik encontrado en un libro subrayado y tatuado luego en la espalda como cicatriz voluntaria. A partir de ahí, el relato entra en su tramo más oscuro, donde el dolor se vuelve método: los cortes, el insomnio, el cigarrillo frente al espejo, la fascinación por la muerte como interlocutora.
La autora, Karem Fernández Dávila Barahona, publicó esta primera edición en Lima en 2013 bajo su propio sello, con una dedicatoria a sus padres y un prefacio que invita a dejar de ser espectadores de la propia vida. El libro se organiza en capítulos breves encabezados por sentencias en mayúsculas —sobre las almas prisioneras del silencio, los mentiros perfectos, el crimen de maltratarse— que funcionan como epígrafes propios y ordenan una prosa que alterna la crónica realista con pasajes de intensidad casi lírica. La sombra tutelar de Pizarnik, presente desde el primer epígrafe, define el registro: una voz joven que escribe desde la herida sin buscar consuelo ni redención fácil, y que convierte el testimonio del abuso intrafamiliar y del silencio cómplice en materia literaria.