Desde una celda, un hombre a punto de estrenar identidad nueva le cuenta a un psiquiatra cómo llegó a matar a quien fue casi su padre. Thane Coder creció a la sombra de James King, magnate inmobiliario que lo elevó desde el fracaso…
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Desde una celda, un hombre a punto de estrenar identidad nueva le cuenta a un psiquiatra cómo llegó a matar a quien fue casi su padre. Thane Coder creció a la sombra de James King, magnate inmobiliario que lo elevó desde el fracaso deportivo hasta las cúpulas del dinero, y que también le enseñó que un trato se cierra con la misma frialdad con la que se remata una presa. Entre una tormenta de nieve, un pabellón de caza monumental y un centro comercial que promete ser el mayor del mundo, la ambición encuentra su precio exacto.
La novela se abre con una conversación cerrada por barrotes: un preso y el médico jefe de la cárcel, un cuaderno amarillo, un bolígrafo azul y una pregunta que el narrador lleva seis años sin responderse. Thane Coder sostiene que la mayoría de la gente habría hecho lo mismo que él. El psiquiatra le recuerda que la mayoría de la gente no mata al hombre que fue como un padre.
De ahí arranca el relato hacia atrás. Thane venía de una casa donde se comía de lata y se hablaba poco, de una beca de fútbol en Siracusa y de un hombro roto que liquidó el sueño americano a los cuatro días de profesional. Lo que vino después fue James King: un imperio inmobiliario, un pabellón de caza de proporciones absurdas en el norte del estado de Nueva York, puertas persas del siglo XI y lectores de retina, y un proyecto colosal, el Garden State Center, que exige acero en el suelo antes de que los bancos suelten el dinero. Junto a King aparecen su hijo Scott, amigo de universidad de Thane; Ben Evans, el mejor amigo que comparte intereses y riesgos; y Jessica, la mujer que convirtió los negocios en un tablero legible y a la que Thane atribuye, a partes iguales, su ascenso y su ruina.
El pulso del libro está en el detalle: cómo se doblega a un banquero en la ladera de un barranco, con el hígado de un ciervo en la mano y un préstamo de dos billones sobre la mesa; cómo se burla un piquete sindical transportando vigas en helicópteros Sikorsky; cómo una amenaza dicha con una sonrisa en la puerta de una obra se cobra su primera vida en un boletín de radio bajo la lluvia. La narración alterna la celda y el pasado, y deja que el lector reconstruya, pieza a pieza, el trayecto entre un hombre que se creía corriente y la noche en que cruzó un lago helado con un cuchillo de mango de hueso.
Es un thriller de codicia, lealtades cobradas con intereses y duelo —hay un ataúd blanco del tamaño de una caja de herramientas en el centro de todo—, contado con la voz de quien ya no espera absolución, sólo salir por la puerta con otro nombre.