En una estación de investigación del alto Ártico, cuatro científicos desaparecen durante la última tarde de sol del año y aparecen muertos sobre el hielo, con los cuerpos arqueados y lesiones que ningún manual de supervivencia polar…
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En una estación de investigación del alto Ártico, cuatro científicos desaparecen durante la última tarde de sol del año y aparecen muertos sobre el hielo, con los cuerpos arqueados y lesiones que ningún manual de supervivencia polar explica. A miles de kilómetros, una epidemióloga de campo con una vida familiar rota recibe por satélite las primeras imágenes del caso y comprende que no está ante un accidente. Un thriller de intriga científica que combina el rigor forense con la claustrofobia de la noche polar.
La novela se abre a cuarenta grados bajo cero, en el instante exacto en que el sol se retira del Ártico para el resto del invierno. Émile Verneau, responsable de una estación internacional de investigación, ha perdido el contacto por radio con un equipo de campo destacado junto a una polynia, ese agujero de agua libre que se obstina en no congelarse. Nada en el refugio inflable indica peligro: los instrumentos siguen registrando lecturas, hay una partida de ajedrez a medias, un diario personal abierto por la página de una fiesta de despedida. Solo falta la gente. En la pantalla de un ordenador de bolsillo, alguien ha garabateado dos palabras en latín que nadie reconoce y que quedarán resonando como el primer indicio de algo deliberado.
La búsqueda, iluminada por los faros de una flotilla de vehículos y por una aurora boreal anómala en esa latitud, termina en un hallazgo que desmonta cualquier hipótesis razonable. Tres cuerpos yacen boca arriba sobre la banquisa en posturas imposibles; los pulmones no responden, los ojos han perdido pupila e iris, los trajes polares están intactos. El personal médico, que se comunica a gritos en media docena de idiomas, agota su protocolo y se rinde ante lo que no puede nombrar. Falta un cuarto científico, y el lector asiste a su desenlace en una de las secuencias más frías y serenas del libro: una muerte elegida, narrada desde dentro, con la lucidez de quien conoce exactamente lo que el hielo le está haciendo al cuerpo.
El relato cambia entonces de hemisferio y de temperatura. Jessie Hanley, médica e investigadora de campo, pasa un fin de semana de custodia con su hijo en una playa de California: un contrapunto luminoso y doméstico, con su matrimonio deshecho, su carrera de sueldo público y su afecto torpe pero verdadero por un niño disléxico al que enseña ciencia como quien enseña un juego. La llamada de su jefe interrumpe esa tregua. Los informes que le llegan desde el Ártico —tejidos calcificados, cartílagos quebrados, células sanguíneas irreconocibles— la fascinan tanto como la inquietan.
En la sala de reuniones de un centro de enfermedades infecciosas, entre bromas de veteranos y silencios de aprendices, empiezan a barajarse las primeras explicaciones: un tóxico inhalado, un accidente industrial, un agente que recuerda demasiado a las víctimas de un gas nervioso. Ninguna encaja del todo. Con una prosa precisa en lo técnico y atenta al detalle humano —el humor de los diarios, el roce entre colegas, la fatiga de la noche polar—, la obra construye desde sus primeras páginas la promesa de una investigación en la que el escenario más hostil del planeta guarda algo que alguien puso allí.
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