Un novato de la CIA aterriza en el Cáucaso en 1999, en plena Segunda Guerra de Chechenia, mientras al otro lado del mundo Kim Jong-il decide acelerar su programa nuclear.
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Un novato de la CIA aterriza en el Cáucaso en 1999, en plena Segunda Guerra de Chechenia, mientras al otro lado del mundo Kim Jong-il decide acelerar su programa nuclear. Thriller de espionaje que cruza intereses energéticos, guerras encubiertas y una amistad que amenaza con volverse el punto débil del agente.
En el otoño de 1999, un Gulfstream cruza en silencio el mar de Azov rumbo a Bakú. A bordo viajan solo dos hombres: Donovan Wallis, agente operativo veterano de la CIA, y Patrick Wesson, el discípulo al que ha entrenado durante un año y que está a punto de estrenarse en el campo. El destino de Patrick no es un ejercicio ni una misión de bajo riesgo: es Chechenia, donde la invasión de Daguestán por una brigada islamista acaba de encender una segunda guerra y donde Washington ha decidido, en secreto, sostener a los rebeldes para desplazar la influencia rusa sobre las rutas del crudo y el gas del Caspio.
La novela avanza en dos tiempos que se iluminan mutuamente. En el presente, Patrick desembarca de noche en una playa daguestana, recibe un AK-47 como única bienvenida y camina hacia las montañas del Cáucaso junto a guerreros chechenos y a otro agente infiltrado, consciente de que su piel limpia y sus botas nuevas lo delatan como un extraño en un lugar donde el error se paga con la vida. En el pasado reciente, un año antes, el relato reconstruye su llegada a Washington: el máster en Georgetown como fachada, la disciplina de un joven que ha decidido convertirse en solitario para superar el proceso de selección de la Agencia, y la vigilancia discreta de un hombre cojo que lo observa desde el aeropuerto sin que él lo sepa.
Ese plan meticuloso se agrieta una mañana cualquiera, frente a una pequeña pastelería francesa de la calle M, cuando Patrick se topa por casualidad con Olivia Ferrer, la amiga de adolescencia a la que no ve desde hace cuatro años y que ahora ejerce como abogada en el Departamento de Estado. Tres horas de conversación bastan para que caiga la única defensa que él creía inexpugnable. Lo que no sabe —y tardará años en admitir— es que se ha enamorado, y que un afecto así es, en su oficio, una vulnerabilidad tan real como una tapadera rota.
Mientras tanto, en la otra punta del continente, un helicóptero soviético escoltado por cazas traslada a Kim Jong-il a inspeccionar bases de misiles y depósitos nucleares subterráneos. Lo que encuentra —obras a medias, plutonio insuficiente, un misil intercontinental que sigue sin volar— lo humilla y lo decide: al salir de la instalación empieza a trazar un plan capaz de cambiar por completo el rumbo de su programa de armas. Es ahí, en la distancia entre una guerra de montaña y un búnker coreano, donde la novela deja intuir la amenaza que da título al libro.
Frederick Koonen construye un thriller de espionaje de corte documental, atento a los datos técnicos, a la geografía de los oleoductos y a la letra pequeña de los acuerdos internacionales, pero interesado sobre todo en el precio personal del oficio: la soledad deliberada, la mentira sostenida y el instante en que un agente descubre que ya no es capaz de decidir sin que le tiemble algo por dentro.