Contado en primera persona y organizado como un diario de nueve jornadas, este relato sigue a Axel, un estudiante de preparatoria en sus últimas vacaciones antes del semestre final, decidido a confesarle su amor a Cristina —su amiga de…
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Contado en primera persona y organizado como un diario de nueve jornadas, este relato sigue a Axel, un estudiante de preparatoria en sus últimas vacaciones antes del semestre final, decidido a confesarle su amor a Cristina —su amiga de nueve años— antes de que caiga la noche de su cumpleaños. Cada día es un intento: una pista de hielo, una exposición de arte, un piano que reabre una humillación antigua, una tarde de cuidados junto a una cama de enferma. Entre la ternura y el ridículo, la novela corta observa cómo el afecto largamente callado se vuelve plan, y cómo el plan tropieza una y otra vez con la timidez de quien lo sostiene.
Un prólogo breve advierte de qué materia está hecho lo que sigue: el amor como puente frágil por el que caminan dos almas dispuestas a arder despacio. Después empieza la cuenta atrás. Axel, narrador de voz encendida y algo ingenua, despierta a una mañana que él mismo describe como monótona y decide romperla: tiene una libreta de planes y un plazo de nueve días, el que falta para el cumpleaños de Cristina, para atreverse a decir lo que lleva años guardando.
El primer día los devuelve al deportivo donde él compitió en patinaje y donde ella fue la única que llegó a alentarlo; patinan tomados de las manos, ella sin saber patinar, y terminan en la mesa trece de una cafetería, la misma de la primera vez, repitiendo la orden como quien repite un conjuro. El segundo los lleva a una exposición de arte —el sueño que Cristina no pudo pagar de niña— y a un piano de cola frente al que Axel debe enfrentarse al recuerdo de un vals de Shostakovich que arruinó en la secundaria; toca, lo termina, y la lluvia de regreso le enseña, por boca de ella, que un día no se echa a perder porque se moje. El tercero cambia el escenario por una habitación cerrada: Cristina amanece enferma, sus padres parten a entregar un túnel de viento y él se queda a cuidarla. De esa vigilia sale la conversación más honesta del libro, sobre carreras, dinero, vocación y una casa morada donde ella se imagina madre de un niño llamado Fernando. Esa noche Axel compra un teclado y se sienta a componer. El cuarto lo encuentra agotado, con hojas llenas de acordes fallidos y la ciudad entera descartada como escenario, hasta que recuerda un lago de su infancia y allí, junto al agua, lo alcanza una imagen del pasado que interrumpe el relato.
La estructura —nueve días, un capítulo titulado “El más feliz de tu vida” y un epílogo— sostiene una historia de amor adolescente narrada con metáforas abundantes y sin ironía: el cuerpo como motor, la amada como sol, el miedo como armadura. Su interés está menos en la incógnita del desenlace que en el retrato de la espera: la distancia entre lo que se siente y lo que se logra decir, y el modo en que una promesa hecha en una cafetería puede organizar la vida entera de quien la hizo.