Narrada en primera persona por Marce, un chileno que deja Santiago para seguir a su pareja estadounidense hasta una beca universitaria en Pensilvania, esta novela de viaje y desarraigo convierte un traslado personal en una crónica irónica…
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Narrada en primera persona por Marce, un chileno que deja Santiago para seguir a su pareja estadounidense hasta una beca universitaria en Pensilvania, esta novela de viaje y desarraigo convierte un traslado personal en una crónica irónica del choque entre dos mundos. Desde el andén del metro Salvador hasta las carreteras y supermercados de Los Ángeles, el narrador va midiendo la distancia entre lo que imaginaba del país del Norte y lo que encuentra: aeropuertos, filas migratorias, casas idénticas y una cortesía impecable que no admite crítica. El amor por Kimberly sostiene el relato, pero también lo tensiona, porque en ella el narrador descubre no solo otro idioma, sino otra manera entera de entender la historia, la culpa y la propia identidad.
Todo empieza con una palabra dicha al pasar en el metro de Santiago: exótico. Kimberly se la ofrece a Marce como un cumplido —sus amigas de Estados Unidos lo encontrarán exótico por chileno— y él la recibe como una pequeña herida que no termina de cerrarse. Esa escena inaugural, con los vagones repletos de oficinistas y estudiantes de vuelta a casa, condensa el motor del libro: un hombre que hasta entonces creía que ser chileno era apenas una vulgaridad descubre que, visto desde afuera, puede ser una rareza de catálogo.
Faltan tres semanas para el viaje. Kimberly adelanta su partida, Marce reparte sus cosas entre bodegas y casas ajenas, se despide en una comida con amigos y aborda un vuelo a Atlanta con un sobre sellado por la embajada, un cóctel de somníferos y una paranoia bien alimentada por películas. La travesía —la comida de avión, las azafatas veteranas, la fila de los non-immigrants, las huellas dactilares, el registro con los brazos en alto, la carrera de un terminal a otro— funciona como un rito de entrada al Imperio, y el narrador la atraviesa entre el asombro, la humillación y una comicidad que nunca se vuelve del todo amable.
En Los Ángeles lo espera Kimberly, y con ella una segunda capa del relato: la vida doméstica. La casa cerca de Hollywood, el ensayo de un grupo de cámara aficionado, el desayuno con Margaret —madre austríaca, judía, psiquiatra, inteligente e impenetrable— y la figura ausente de John, el padre internado en una clínica de lujo, exagente de la CIA que tocaba el violín y hoy padece un deterioro progresivo. Es allí, en la mesa familiar más que en la aduana, donde Marce intuye que lo que lo separa de Kimberly no es el inglés sino una historia mucho más antigua, y que las diferencias entre ellos se juegan en el terreno de la fe, la clase y la memoria.
El libro avanza en una prosa digresiva y ensayística, hecha de asociaciones libres: las sororities y sus nombres griegos, la política exterior estadounidense, el precio de una lechuga y el de una casa, el sistema de salud como capitalismo que no deja morir a nadie sin arruinarlo antes, Chile como país gobernado por mujeres donde el padre no existe, y el mito de la carretera desmontado a la primera hora de manejo, cuando el paisaje se revela idéntico a sí mismo kilómetro tras kilómetro. Kerouac, Plutarco, la Biblia y el idus de marzo entran y salen del relato menos como erudición que como manera de nombrar un presentimiento: el narrador sabe, desde el principio, que este viaje terminará mal, y escribe desde después del desenlace.
El resultado es una crónica sentimental y política a la vez, sostenida por un humor que se ríe primero del propio narrador y solo después del país que lo recibe. Bajo la sátira hay una pregunta más íntima y más difícil: qué queda de uno cuando la identidad que se daba por descontada —ser chileno, ser de clase media, ser el que mira— pasa a ser, del otro lado del continente, apenas un dato curioso en la conversación de otros.