En un laboratorio doméstico, tras veinte años de trabajo y un duelo que nunca terminó de cerrarse, Runa logra lo que la vida le había negado: convertirse en madre.
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En un laboratorio doméstico, tras veinte años de trabajo y un duelo que nunca terminó de cerrarse, Runa logra lo que la vida le había negado: convertirse en madre. Su hijo, Aidan, nace de una criatura de luz encerrada en una esfera y de un cuerpo fabricado para recibirla; de aquella noche le queda una cicatriz en forma de corazón sobre el pecho y una diferencia que habrá que ocultar. La llegada de Rotter, viejo compañero de facultad, con una niña en brazos y una petición imposible de rechazar, rompe el refugio que madre e hijo habían construido. Narrada en tres movimientos —aprender a vivir, aprender a ser uno mismo, aprender a quererse—, «Ámome» es una novela sobre la identidad, el miedo a no encajar y el largo camino que separa sobrevivir de amarse.
Todo comienza con una esfera traslúcida y una llama que baila en su interior. Runa, científica de unos cuarenta años, lleva dos décadas persiguiendo un sueño que su cuerpo le negó, y esa noche, junto a Rotter, coloca por fin la pequeña criatura de luz sobre un cuerpo inerte con forma de recién nacido. La ranura tallada en el pecho se cierra tras un destello y deja una cicatriz luminosa con la forma exacta de un corazón. Al día siguiente, Runa escribe un mensaje a Tobías que empieza con una sola palabra: enhorabuena.
Aidan crece sabiendo que su origen no puede contarse. Los primeros años transcurren en una casa apartada, entre libros que su madre elige con cuidado, la lluvia golpeando los cristales, una lámpara de lava cuya lógica nunca consigue descifrar y un perro callejero al que bautiza Oliver Twist. El niño habla antes de tiempo, busca patrones en todo lo que ve y descubre pronto que el mundo no se rige por ninguna norma fija. Su madre lo protege de una sociedad que, intuye, no sabría qué hacer con alguien como él.
Ese equilibrio se quiebra cuando alguien golpea la puerta. Rotter, el viejo amigo de la facultad —el hombre de espalda torcida y mirada cansada que amó a Runa en silencio y desapareció justo cuando ella más lo necesitaba—, regresa después de cinco años con una niña en brazos y una petición: que la cuide. No puede explicar del todo por qué; solo admite que necesita protegerla de sí mismo. En la conversación que sigue, a puerta cerrada en el laboratorio, reaparecen todos los agravios que el tiempo no curó: la expedición de la que Tobías nunca volvió, la promesa rota, el secreto que Runa lleva años sosteniendo sola.
Mientras los adultos ajustan cuentas con su pasado, en la habitación del fondo ocurre lo importante. Bel, apenas un bebé que se tambalea, se sube encima de Aidan y lo hace ladrar de risa. Así empieza la amistad que reordenará su vida entera y le enseñará un modo de querer distinto al que conocía. De pronto hay un papel nuevo que ocupar, el de hermano mayor, y le queda demasiado grande.
La novela se despliega en tres partes —Aprendiendo a vivir, Aprendiendo a ser yo, Aprendiendo a amarme— y alterna la voz adulta de Aidan, que recuerda, con capítulos en tercera persona que reconstruyen la juventud de Runa, su llegada a la facultad de medicina, el triángulo silencioso con Rotter y Tobías y la herida que ninguno de los tres supo cerrar. El resultado es un relato de crecimiento donde lo fantástico funciona como espejo: la criatura de luz, la cicatriz, el ser fabricado y distinto sirven para hablar de algo mucho más común —la sensación de no encajar, el miedo a mostrarse, la sospecha de estar hecho de otro material que los demás.
Con un tono íntimo y una prosa atenta a los detalles pequeños —el olor del amor de una madre, la lluvia que llega siempre en los momentos decisivos, la incomodidad de sostener una mirada ajena—, «Ámome» propone un recorrido que va de la protección al desamparo y del desamparo al reconocimiento propio. Su pregunta última no es de dónde viene Aidan, sino qué hace falta para que alguien llegue a pronunciar, sin coartada, la palabra que da título al libro.