Kenny Larsson tiene diecisiete años, una risa fácil y un cáncer infantil que le dejó ciego y que todavía obliga a revisiones periódicas. En el primer día de su último curso de preparatoria confunde a un chico nuevo con otro compañero, y…
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Kenny Larsson tiene diecisiete años, una risa fácil y un cáncer infantil que le dejó ciego y que todavía obliga a revisiones periódicas. En el primer día de su último curso de preparatoria confunde a un chico nuevo con otro compañero, y ese error —que el desconocido decide no corregir— se convierte en el punto de partida de una relación construida sobre una identidad prestada. Una novela juvenil de romance gay sobre lo que significa conocer a alguien cuando no puedes verlo, y sobre el precio de sostener una mentira que cada día pesa más.
La vida de Kenny Larsson se organiza en torno a rutinas que él mismo ha aprendido a construir: contar los escalones hasta su habitación, memorizar cada bache del camino al hospital, reconocer a las personas por el timbre de la voz o por el eco de sus pasos. Perdió la vista de niño, cuando el cáncer alcanzó el lóbulo occipital, y desde entonces convive con dos cosas que no puede controlar: los resultados de las tomografías que le repiten cada cierto tiempo y la insistencia protectora de quienes lo quieren. Su madre dejó el trabajo para acompañarlo; su mejor amiga, Rosa, lo lleva y lo trae de la escuela. Kenny agradece el cuidado y, al mismo tiempo, lo resiente: nada le molesta más que sentirse un inútil.
Su último año de preparatoria empieza mal. Un incendio en otro instituto obliga a trasladar a decenas de estudiantes y a remodelar el edificio, de modo que el espacio que Kenny había tardado años en memorizar deja de ser el suyo: cambian los pasillos, cambian los olores, cambia el mapa mental que lo sostenía. Entre la multitud de caras nuevas aparecen también las burlas, los empujones y una violencia cotidiana que la novela no suaviza. En medio de ese desconcierto, Kenny cree reconocer por la voz a un compañero de clase llamado Sebastian y le reprocha su hipocresía. Pero quien tiene delante no es Sebastian: es Nick, su hermano mellizo, que descubre en la confusión una broma demasiado tentadora como para deshacerla.
Lo que empieza como una burla se le va de las manos. Nick imita la manera de hablar de su hermano, se acerca, insiste, y de pronto se descubre siguiendo a Kenny hasta su casa para asegurarse de que llega entero. La mentira crece porque el mentiroso empieza a preocuparse; sostenerla exige maniobras cada vez más torpes, sobre todo con Sebastian, que estudia en la misma aula y no sabe nada. Detrás de la fachada de matón, Nick carga con un padre alcohólico, turnos dobles de trabajo y una ausencia materna que nadie en la casa nombra. La distancia entre el chico que Kenny cree conocer y el que realmente lo acompaña es el motor de toda la historia.
Alrededor de ese eje, la novela abre una segunda línea romántica: Rosa, que ha vuelto de unas vacaciones marcadas por una pérdida, se siente atraída por Joselyn, la hija del nuevo director, recién llegada con el club de arte de su antigua escuela y con un novio del que no parece del todo convencida. Completa el cuadro Larry, amigo de Nick, que vive su homosexualidad a escondidas salvo en muy contadas compañías, y Sarah, la hermana pequeña de Kenny, presencia luminosa que sostiene la ternura del relato.
Escrita en tercera persona y en capítulos breves que alternan puntos de vista, la obra combina el registro ligero de la comedia escolar con temas de peso: la enfermedad, el acoso, la adicción familiar, el rechazo por la orientación sexual y el deseo de autonomía de quien está harto de que decidan por él. Christian Perry apuesta por una premisa clara —el amor a primera vista contado desde quien no puede ver— y la desarrolla como una cuenta atrás: cuanto más se acercan Kenny y Nick, más cerca está también el momento en que la verdad tendrá que salir.