Desde el fondo de una sala de subastas neoyorquina, apretujada entre reporteros y curiosos, la narradora asiste a la venta de un cuadro que nueve meses antes iba a costar setenta y cinco mil dólares y que esa noche se adjudica por cuatro…
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Desde el fondo de una sala de subastas neoyorquina, apretujada entre reporteros y curiosos, la narradora asiste a la venta de un cuadro que nueve meses antes iba a costar setenta y cinco mil dólares y que esa noche se adjudica por cuatro millones trescientos mil. Mia McMurray, recepcionista de una galería de Chelsea, retrocede después hasta marzo, hasta la primera exposición de un pintor de cincuenta y cuatro años recién llegado de Florencia, para contar cómo una obra desconocida se convierte en un acontecimiento del mercado. Una novela de voz irónica sobre el deseo, el precio y la fe puesta en el arte.
La historia arranca un lunes de noviembre, a las siete de la tarde, en la subasta de arte de la posguerra y contemporáneo. Mia McMurray ha elegido su sitio con cuidado: la sección de los que miran de pie, invisible entre la prensa y los que fingen ser coleccionistas, donde practica el juego privado de no moverse por miedo a que un gesto se confunda con una puja. Desde ahí lo ve todo, incluida la entrada tardía de Simon, su antiguo jefe, que la descubre y no sabe muy bien qué decirle. Sobre la pared derecha cuelga la pieza que ha venido a ver: un lienzo de tres por cuatro metros, un remolino de naranja, rosa y amarillo, con una niña que sostiene un pincel goteante y unos ojos grises que persiguen al espectador. El título completo es largo y literal, y casi nadie lo dice entero.
Antes de que llegue el lote veintidós, la narradora hace el inventario de la sala como quien describe una especie: los coleccionistas apasionados y los apenas curiosos, los marchantes que le toman el pulso al mercado, los asesores que gastan dinero ajeno y cobran comisión, los mirones que sólo han venido a ver a otros gastar cifras improbables. Están el promotor inmobiliario que vende la obra sin ocultarlo del todo, el catedrático que critica a los nuevos compradores y no puede permitirse lo que cuelga en sus paredes, la mujer de sociedad que entra lanzando besos por el pasillo central y la coleccionista recién enriquecida cuya caída aparatosa se convierte en el chiste de la noche. Cuando empiezan las pujas, quedan tres postores; luego dos; luego un comprador misterioso, oculto tras un pilar, que levanta la pala y desaparece por una puerta lateral.
La segunda parte retrocede nueve meses, al final del invierno, cuando la narradora todavía atiende el escritorio de hormigón y acero de una galería nueva de Chelsea y la crítica llamaría galerina —aunque ella se apresure a explicar por qué no encaja en el tipo. Ese marzo llega a Nueva York, después de veinte años sin pisar suelo americano, un pintor que vive en Florencia encima de una salumeria, que se presenta con un queso bajo el brazo, modales de conde y una sola manga ocupada. Tiene cincuenta y cuatro años, siete cuadros y ninguna exposición previa en un mercado obsesionado con la juventud. Delante de su propia obra sostiene que sólo hay dos clases de personas, las que creen y las que dudan, y que el poder transformador del arte es la única religión que conoce.
Entre esas dos escenas —la sala en silencio antes del martillo y la galería vacía antes de la inauguración— se despliega una crónica desde dentro de la burbuja del arte contemporáneo, narrada por alguien que ocupa el sitio más modesto y ve mejor que nadie. La propia narradora advierte desde el principio que su historia empieza con un muerto, que no hubo asesinato y que no conviene esperar demasiado sexo. Lo que hay es un mecanismo minucioso de cómo se fabrica el valor, contado con humor seco, oído afilado para los acentos y las poses, y una pregunta que el cuadro devuelve a quien lo mira: qué se cree y qué se duda cuando el precio ya ha hablado.