Sean tiene diecisiete años, es socorrista en un club de Santa Mónica y ve su propia vida como una comedia romántica que él mismo dirige. Cuando su novio lo deja frente a toda la piscina, el guion se le desmorona.
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Sean tiene diecisiete años, es socorrista en un club de Santa Mónica y ve su propia vida como una comedia romántica que él mismo dirige. Cuando su novio lo deja frente a toda la piscina, el guion se le desmorona. Semanas después, la marea deposita en la arena a Crest, une sirénide obligade a pasar un ciclo lunar en tierra firme para cumplir un rito de iniciación: ayudar de forma desinteresada a un ser humano. Crest desprecia a los humanos; Sean solo quiere recuperar su final feliz. Ninguno de los dos sabe todavía cuánto se necesitan.
Desde su garita de socorrista en el Santa Monica Beach Club, Sean encuadra el mundo como si mirara por un visor: planos de establecimiento, primeros planos, un guion mental donde nada se sale del sitio. Es su forma de sentir que controla la película de su vida, alimentada por tres años de comedias románticas vistas casi a diario y por una lista de tomas guardada en el móvil con todos los momentos que aún le faltaban por rodar junto a Dominic. Esa lista se convierte en escombro una mañana de domingo, cuando Dominic cruza el césped artificial con el ceño fruncido y pronuncia las tres palabras que abren cualquier escena de ruptura. Ha conocido a otro. Peor aún: es Miguel Ortiz, el chico más popular del Instituto Shoreline y antiguo mejor amigo de Sean, aquel con el que planeaba dibujar y dirigir dibujos animados antes de que el instituto los separara. La humillación ocurre en público, entre madres con mojitos y espectadores encantados, con Kavya —su compañera de puesto y mejor amiga— saliendo en su defensa a la carrera.
Mientras tanto, en el fondo del Pacífico, Crest discute con le Sabie Alga. Todes les sirénides de Pacífica deben emprender el Viaje: un ciclo de luna llena viviendo en tierra, con piernas, nombre humano y una única misión, ayudar a un ser humano sin esperar nada a cambio, tal como el Azul hizo con les primeres náufragues a quienes transformó hace milenios. Crest no quiere ir. Considera a los humanos la especie más sucia y destructiva del planeta, detesta el nombre que le han asignado —Ross— y solo aspira a volver, a que le nombren Sabie y recibir uno de los ocho poderes. Pero la tradición no admite negociación, y quien no ayuda a nadie carga con el castigo de no recuperar jamás su forma. Le Sabie zanja la discusión con el poder del Sueño, y Crest despierta boca arriba en una playa de Los Ángeles, aturdide por el exceso de luz, el ruido y un cuerpo que aún no sabe sostenerse de pie.
El primer contacto entre ambos es un desastre cómico: Sean, el único socorrista disponible, se inclina para practicar el boca a boca; Crest lo interpreta como un beso no consentido y reacciona con indignación. A partir de ahí, el relato avanza en capítulos alternos entre dos voces muy distintas —la de un chico roto que intenta reconstruir su romanticismo a golpe de lenguaje cinematográfico, y la de une recién llegade que traduce el mundo humano con la ayuda de la magia del lenguaje y la lucidez, mientras suelta juramentos marinos y descubre que el género, los cuerpos y las etiquetas funcionan aquí de un modo desconcertante. Las reglas del Viaje complican todo: mojarse delante de la gente devolvería la aleta, y una sirena expuesta en una playa abarrotada tendría el peor de los destinos.
La novela combina la comedia romántica adolescente queer con la fantasía marina, ambientada entre el muelle de Santa Mónica, las clases de cine, las competiciones de natación y la cuenta atrás hacia el baile de graduación. Bajo el humor —los apodos, la sabiduría irónica de Kavya, el choque cultural constante— late una pregunta compartida por ambos protagonistas: qué significa cuidar de alguien cuando no hay premio a cambio, y si un final feliz puede escribirse fuera del guion que uno había planeado. Sean necesita aprender que la vida no se dirige desde una silla; Crest necesita descubrir que la especie que desprecia también sabe salvar. Un mes, una luna llena y dos criaturas que se creen a salvo de enamorarse.