En los últimos meses de la Revolución Cultural, una estudiante de secundaria viaja a una aldea de montaña para recoger relatos de campesinos y convertirlos en un libro de texto.
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En los últimos meses de la Revolución Cultural, una estudiante de secundaria viaja a una aldea de montaña para recoger relatos de campesinos y convertirlos en un libro de texto. Allí, bajo la sombra de un espino al que la leyenda atribuye flores rojas, conoce a un joven de la unidad geológica que toca el acordeón y habla en mandarín, y descubre que el afecto también puede ser un territorio vigilado. Novela de Ai Mi, publicada primero en un blog y convertida después en fenómeno editorial en China.
A comienzos de 1974, Jingqiu es elegida junto a otros tres alumnos de la Escuela Secundaria n.º 8 para integrar una «Asociación para la Reforma Educativa»: deberán viajar a Aldea Occidental, entrevistar a campesinos pobres y de clase baja, y transformar sus testimonios en un manual de historia acorde con la doctrina del momento. El encargo tiene la solemnidad de una misión y la rutina de un trabajo escolar; entre entrevista y entrevista, los estudiantes trabajan la tierra, redactan por turnos y se leen en voz alta lo escrito para corregirse.
El viaje empieza con una caminata cuesta arriba y una promesa de descanso: un espino en lo alto de la montaña. Cuando por fin lo alcanzan, el árbol resulta ser común, aún sin hojas, y el guía les explica que sus flores, antes blancas, se volvieron rojas por la sangre de los jóvenes ejecutados allí durante la guerra contra Japón. Para Jingqiu, ese árbol ya cargaba con otra historia: la de una canción soviética que le enseñó en secreto una profesora de ruso, donde una muchacha pide al espino que elija por ella entre dos pretendientes. Las dos versiones del árbol —la heroica y la sentimental— conviven en su cabeza, y la novela hace de esa contradicción su centro.
Alojada en casa del jefe de la aldea, Jingqiu entra en una vida familiar hecha de cubos de agua, colchas dobladas en triángulo y confidencias nocturnas con la hija menor. Uno de los hijos empieza a rondarla con una diligencia que todos en el pueblo saben leer. Pero es otro joven, apodado Mayor Tercero, quien la desconcierta: un forastero acogido por la familia, técnico de la unidad geológica, que toca el acordeón, viste camisa blanca planchada, ofrece caramelos y sostiene, con una calma casi impertinente, que el mundo existe de manera objetiva aunque cada quien lo mire distinto. Frente a él, Jingqiu se descubre pendiente de su ropa heredada, de su origen social vigilado, de la posibilidad de que una carta llegue a manos de su madre.
Ai Mi construye el relato con materiales mínimos: un caramelo aceptado a regañadientes, una bombilla cambiada sin explicación, una cita imposible para ver el árbol florecido en mayo. Nada de eso sería significativo si no ocurriera en un mundo donde el afecto se clasifica como residuo burgués y donde la hija de un padre enviado a un campo de trabajo debe cuidar cada gesto. La política no aparece como debate sino como atmósfera: decide qué canciones pueden cantarse, qué palabras pueden escribirse y hasta dónde puede llegar una conversación entre dos personas que caminan por un sendero.
Inspirada, según su autora, en unas memorias reales, y difundida primero de forma gratuita en internet antes de vender millones de ejemplares y llegar al cine, la novela ha sido descrita en China como una historia de amor especialmente casta. La etiqueta describe menos su pudor que su asunto verdadero: la inocencia —la de una muchacha y la de una sociedad entera— puesta a prueba por el extremismo político. Lo que se recuerda al final no son las consignas ni el manual de historia que Jingqiu ayuda a escribir, sino la promesa de volver cuando el espino florezca.
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