Amy lo tiene todo perdido hasta que una herencia inesperada promete salvar la granja lechera que heredó de su familia. Pero la fortuna dura poco: quien debía compartir ese futuro con ella desaparece, y con él el dinero.
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Amy lo tiene todo perdido hasta que una herencia inesperada promete salvar la granja lechera que heredó de su familia. Pero la fortuna dura poco: quien debía compartir ese futuro con ella desaparece, y con él el dinero. Obligada a vender sus vacas y a empezar de cero en una ciudad que no la quiere, Amy descubrirá que el hombre más antipático del pueblo quizá sea también el más honesto. Kate Roma firma una novela romántica de ambientación rural sobre la traición, la dignidad y las segundas oportunidades.
En Prados, un pueblo de ganaderos donde todo el mundo se conoce, Amy sostiene a duras penas Green Mannors, la granja lechera de su familia. El precio de la leche se ha desplomado, el crédito ahoga las cuentas y la costosa apuesta de su novio Tom por automatizarlo todo —chips, robots de ordeño, un móvil que gobierna los establos— ha resultado más cara que rentable. Cuando la lectura del testamento de su tía Mary le deja setenta mil euros, Amy siente que el suelo vuelve a sostenerla: pagará el préstamo, reorganizará la explotación y conservará a las veinte frisonas que considera parte de su familia.
Tom, ingeniero de robótica en paro y forastero perpetuo en un pueblo que nunca ha terminado de aceptarlo, ve otra salida: vender, mudarse a la capital, empezar de nuevo. Amy, dispuesta a elegirle a él por encima de su vida entera, acepta considerarlo. Basta una mañana —una reunión con el banco, dos helados que se derriten sobre la mesa, un saldo a cero en la pantalla del portátil— para que todo se derrumbe. La maleta grande ha desaparecido del armario, la mejor ropa también, y el número de teléfono que Amy anotó en una servilleta pertenece a una mujer que no es ninguna madre.
Lo que sigue no es un duelo romántico sino una liquidación: vender la maquinaria, malvender los animales, ver desfilar a las vacas hacia el camión y quedarse con un caserón vacío que solo sabe recordarle lo perdido. Tres meses después, Amy vive en una pensión de ciudad con vistas a un callejón de contenedores, coloca trampas para cucarachas antes de salir y sirve mesas con uniforme ceñido en una hamburguesería de carretera. Su viejo Toyota es lo único que la une a la mujer que fue.
En medio de ese naufragio reaparece Herbert Mulligan, antiguo compañero de instituto de ojos bicolor —uno castaño, otro verde—, vuelto al pueblo después de años fuera y celebrado por todos menos por ella. Su primer encuentro es una bronca en el aparcamiento de El Pato Dorado por una plaza de discapacitados ocupada sin derecho; el segundo la sorprende llorando sobre el volante. Entre ellos hay orgullo, malentendidos y una idea muy distinta de lo que significan el respeto y los valores.
Kate Roma construye una historia de amor que empieza donde suelen terminar otras: en la ruina, la vergüenza y el trabajo de rehacerse. Con humor seco, personajes de pueblo bien dibujados y un retrato nada complaciente de la vida en el campo —los números rojos, la competencia, el cariño real por los animales—, Amor en el prado contrapone la ciudad opresiva y gris al horizonte abierto que Amy echa de menos, y confía en que la persona adecuada rara vez es la que llega envuelta en promesas fáciles.
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