En el Moscú de las décadas finales del siglo XX, una joven llegada de un pueblo industrial y un becario latinoamericano de filosofía se encuentran en los pasillos de la universidad y descubren que quererse, en una ciudad vigilada, es…
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En el Moscú de las décadas finales del siglo XX, una joven llegada de un pueblo industrial y un becario latinoamericano de filosofía se encuentran en los pasillos de la universidad y descubren que quererse, en una ciudad vigilada, es también una forma de resistir.
Anya Smirnova baja del tren en la estación de Yaroslavl con veinte años, un abrigo heredado y una maleta casi vacía: una muda, un cuaderno y la fotografía de su abuelo Alekséi, veterano de la Gran Guerra Patria, que le enseñó a desconfiar de las promesas oficiales. Deja atrás una ciudad de bloques grises dominada por la chimenea de una fábrica metalúrgica, donde el destino de las jóvenes estaba escrito de antemano: un obrero del turno nocturno, dos habitaciones, la jubilación esperada en silencio. Moscú, en cambio, la recibe con esplendor y aspereza a la vez —mosaicos y mármoles en el metro, colas interminables por un pedazo de pan, policías que revisan permisos en cada andén.
Para sostenerse, Anya sirve mesas en un restaurante del centro reservado a turistas, diplomáticos y funcionarios del Partido. Allí aprende la geografía exacta del privilegio: una sala principal con carne, quesos europeos y frutas que sus vecinos no ven en un año, y una sección al fondo, tras una mampara, donde los moscovitas reciben sopa y pan bajo la mirada de encargados y agentes discretos. Sirve manjares que nunca prueba y calla ante comentarios de extranjeros que confunden la escasez con pintoresquismo. En la Universidad Estatal, sobre la Colina de los Gorriones, encuentra un edificio monumental y una biblioteca abundante en manuales de doctrina y pobre en todo lo demás; encuentra también a Iván Petrovich, un profesor de literatura que se atreve a decir que los libros son espejo del alma y no arma del Partido, y que reúne a unos pocos estudiantes en un apartamento con las cortinas corridas y la radio encendida para leer poemas prohibidos.
En ese mismo territorio aparece Gabriel Fernández, estudiante latinoamericano becado en filosofía, que saluda en un ruso esforzado y mira la ciudad con ojos que no han aprendido todavía a bajarse. Lo que empieza como una chispa en un pasillo y un encuentro casual entre mesas crece en paseos por la Plaza Roja y el Arbat, en escaparates de tiendas para divisas que funcionan como vitrinas de lo inalcanzable, en una noche de El lago de los cisnes en el Bolshói donde la belleza parece justificar por un instante todas las privaciones. Pero cada gesto tiene testigos: dos policías que anotan en una libreta, un hombre de traje oscuro que finge leer el periódico, un sindicato estudiantil de asistencia inexcusable donde Serguéi Volkov —antiguo amigo de Iván, ahora hombre del Partido— habla de disciplina ideológica con voz grave.
La novela entrelaza esa intimidad con el temblor de una época: la Perestroika y la Glasnost, la guerra de Afganistán, la caída del muro de Berlín. Y sugiere que los muros son varios —el de ladrillo, el del miedo, el que cada personaje levanta por dentro— y que todos, tarde o temprano, empiezan a dejar pasar la luz.