Milena Palacios tiene veintisiete años, es viuda y ha convertido la rutina en un refugio: once horas diarias en el departamento de contabilidad de una gran empresa, cincuenta minutos de tráfico y una casa vacía donde cena lo primero que…
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Milena Palacios tiene veintisiete años, es viuda y ha convertido la rutina en un refugio: once horas diarias en el departamento de contabilidad de una gran empresa, cincuenta minutos de tráfico y una casa vacía donde cena lo primero que encuentra frente al televisor encendido. Su única fuga es imaginar Londres. Una noche cualquiera abre una sala de chat y escribe a un desconocido: Alexander, cirujano traumatólogo de treinta y cinco años que, del otro lado del Atlántico y con tres horas de diferencia, arrastra su propio hastío y un título nobiliario que se niega a ejercer. La conversación empieza por el clima y no termina ahí.
Novela romántica contemporánea, narrada en sesenta y tres capítulos y un epílogo, sobre dos vidas cansadas que se encuentran por accidente y sobre lo que cuesta permitirse una segunda oportunidad.
Hay días que se parecen tanto entre sí que dejan de contarse. Milena Palacios lleva años sumando esos días: atiende el teléfono de contabilidad, persigue comprobantes extraviados, discute con proveedores impacientes y calcula cuánto falta para que la empresa la liquide antes de que cumpla la antigüedad que le daría estabilidad. Después maneja cincuenta minutos hasta una casa que fue un hogar y ahora es un lugar donde duerme con el televisor prendido porque el silencio pesa demasiado. Enviudó joven. Lo que casi nadie sabe es que el matrimonio que llora también la fue borrando de a poco: los celos de Javier, las prohibiciones, las dos veces que se fue y las dos veces que volvió, el círculo de violencia verbal, psicológica y física que aprendió a llamar normalidad. Su madre insiste en que vuelva a casa; sus compañeros, en que vuelva a vivir.
Su escape es Londres, un Londres leído en novelas, de nobleza y romance, que la agencia de viajes le confirma inalcanzable con su sueldo. Esa misma noche entra a una página de contactos, elige un país y un nombre al azar, y escribe: «Hola, ¿qué tal?».
Alexander Van Strauss responde porque su madre acaba de espantarle el sueño. Cirujano traumatólogo, treinta y cinco años, un aro en la oreja, tatuajes que son un mapa de su biografía y una moto que usa para huir de la mansión familiar. También es, muy a su pesar, el conde de Westmorland. La condesa le organiza desfiles de candidatas con buen linaje, habla de sus hijos como de animales de pedigrí y trata al menor, Henry, como un simple repuesto. Alexander acumula guardias de veinticuatro horas para no estar en casa, esquiva a Kate —que necesita un marido rico y ya se ha hecho amiga de su madre— y no recuerda cuándo dejó de tener ganas de algo.
Entre los dos hay tres husos horarios de diferencia, un traductor automático y ninguna expectativa. Ella aclara que sea solo amistad; él acepta divertido. Mientras tanto, en su oficina, Milena esquiva a Osvaldo, un subgerente insistente con fama de doble cara, hasta que una salida con los compañeros —la primera en seis años— la pone en una situación que no eligió y que la obliga a defenderse.
Dedicada a las mujeres que buscan una nueva oportunidad en la vida, la novela alterna las dos orillas con humor cotidiano, diálogos rápidos y una mirada franca sobre la violencia de pareja, el acoso laboral y las jaulas doradas de la aristocracia. Dos personas que sobreviven a vidas que no eligieron descubren que la conversación más trivial puede ser el principio de otra cosa.
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