En la sala de embarque del aeropuerto de Holguín, en 2014, una mujer espera un rostro que no aparece y sube al avión hacia Miami con las hijas de la mano y la certeza de que deja atrás algo más que un país.
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En la sala de embarque del aeropuerto de Holguín, en 2014, una mujer espera un rostro que no aparece y sube al avión hacia Miami con las hijas de la mano y la certeza de que deja atrás algo más que un país. Durante la hora y media de vuelo abre la puerta de la memoria y regresa a Las Tunas, a finales de los setenta, cuando tenía quince años y un monitor de Matemáticas entraba al aula a sustituir al profesor. Esta es la historia de ese amor que nunca encontró su momento: una sucesión de casualidades pequeñas, decisiones tomadas a la ligera y encuentros siempre a destiempo.
La novela arranca con una despedida a medias. Suena la última llamada del vuelo a Miami y la narradora recorre con la mirada la terminal del aeropuerto Frank País buscando a alguien que ya le había advertido que no vendría, porque ninguno de los dos supo nunca despedirse. Tras años de trámites por la reunificación familiar, tiene en las manos el futuro que quería para sus hijas y, sin embargo, siente el impulso adolescente de soltar las maletas y salir corriendo. No lo hace: sube al avión, agradece que les tocaran asientos separados y usa el vuelo para arbitrar la vieja disputa entre lo que la razón aplaude y lo que el corazón le reprocha.
De ahí, el relato se desliza hacia atrás, a Las Tunas de 1979. Soraida tiene quince años, una abuela con vocación de fiscal y ojos en todas partes, y una curiosidad que la lleva a sentarse, en pleno recreo, junto al único muchacho de tercer año que no está a la caza de las novatas: Guillermo, absorto en una novela de espías bajo un framboyán. Aquella conversación torpe, interrumpida por una tos inoportuna, inaugura una relación que durante meses será estrictamente literaria. Guille le presta libros, discuten lecturas, se ríen, y ella descubre que de tanto fingir que le gustaba leer ha terminado por amar los libros de verdad. Pero él se toma en serio su papel de monitor y sostiene, tercamente educado, una frontera que ella no logra cruzar.
El plan para forzar el azar es tan ingenuo como memorable: un repaso de Matemáticas en su casa, un horario alterado para ganar una hora a solas, un casete de los Bee Gees traído por su madre desde un hotel de La Habana, un pulóver que podría costarle una reunión de la Juventud por “propaganda imperialista”. El plan casi funciona —hay una mirada nueva, una invitación a tomar helado, una promesa de sábado— hasta que la coartada se derrumba y Soraida busca ayuda en Mayra, la vecina de la infancia, bailarina, deslumbrante, con quien la amistad ya se había vuelto un recuerdo. Meses después, la propia Soraida se subirá a un sofá, a oscuras, para espiar por la ventana lo que ese favor terminó provocando.
En el fondo, esta es una novela sobre los minutos que cambian el rumbo de una vida sin que nadie los reconozca al vivirlos: el gesto menor, la confidencia mal calculada, el hilo invisible que ata nuestro destino al de otros. La narradora cuenta desde una voz coloquial, veloz y muy cubana, capaz de pasar del chiste a la melancolía en la misma frase, y de retratar sin solemnidad el mundo que la rodea: la escuela, los apagones de la vida cotidiana, las películas prohibidas que todos veían igual, la abuela que ladra y no muerde, las amigas que sirven de coartada, los pretendientes insistentes que no se dan por aludidos.
Entre el aeropuerto y el aula, entre la mujer que ya decidió y la muchacha que todavía cree que puede convencer al destino, el libro compone el mapa de un amor hecho de desencuentros. No promete que el tiempo acabe poniéndose de acuerdo con el deseo; sí sostiene, con humor y sin sentimentalismo fácil, que hay historias que siguen ocurriendo mucho después de haber terminado.
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