Una pareja recién casada del siglo XIX viaja a un castillo perdido en las montañas gallegas para reencontrarse con un pariente lejano, y descubre que la hospitalidad del conde que los recibe convive con algo que la aldea vecina prefiere no…
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Una pareja recién casada del siglo XIX viaja a un castillo perdido en las montañas gallegas para reencontrarse con un pariente lejano, y descubre que la hospitalidad del conde que los recibe convive con algo que la aldea vecina prefiere no nombrar.
Samuel Castaño, joven abogado con un porvenir escrito de antemano, acaba de casarse con Carmen Galáns, hija del conde Lucio. Siguiendo la costumbre de la época, el matrimonio emprende una gira de visitas por los parientes que no pudieron asistir a la boda. Les acompaña Eira, hermana de Samuel, convaleciente de una neumonía que estuvo a punto de costarle la vida y a quien el cambio de aires debería sentar bien.
El itinerario culmina donde don Lucio más insiste: el castillo de los Galáns, cerca de la aldea de O Piornedo, en los Ancares lucenses. Allí vive Bruno, el hijo de un primo con el que la familia perdió el contacto años atrás, cuando las cartas dejaron de tener respuesta. El camino es largo, embarrado y difícil; la niebla trepa por la ladera cuando el carruaje llega a una fortaleza medieval de muros de tres metros, capilla clausurada y un escudo de armas grabado con lobos.
El recibimiento es desconcertante. El mayordomo no esperaba a nadie —el correo, dice, no llega con regularidad— y en el castillo no se acostumbra a recibir visitas. Pero el conde Bruno resulta ser un anfitrión culto y encantador: estudió derecho y economía, dirige el negocio textil familiar, viaja a la ciudad salvo en invierno y pone su biblioteca y su casa a disposición de los huéspedes. Solo impone una condición: nadie debe bajar al sótano, a las antiguas mazmorras, en mal estado y peligrosas.
Entre Bruno y Eira nace de inmediato una atracción que ninguno de los dos disimula. En cuestión de días hay un paseo a caballo hasta el acantilado, un beso, un cortejo formalmente solicitado a Samuel y una propuesta de matrimonio aceptada entre risas. Carmen celebra el noviazgo; Samuel, más cauto, observa la prisa con reservas que su mujer desarma una y otra vez.
La felicidad, sin embargo, va acompañada de señales. En la taberna del pueblo —casas sin ventanas donde conviven familias y animales, vecinos que miran al forastero con desconfianza— una anciana se santigua al oír el apellido Galáns y les advierte que se marchen: allí los muertos no descansan y el lugar está maldito. El tabernero lo atribuye a la superstición de los viejos. Por la noche, un aullido de lobo parece resonar dentro de los muros y subir por las escaleras de la torre; el mayordomo explica que la piedra devuelve el eco, y Bruno, que algún animal puede colarse por los túneles derruidos de las mazmorras. Eira quiere creer las explicaciones. También ha visto a Bruno cerrar una puerta en mitad de la noche, y ha aprendido a no preguntar.
«Amor Maldito» avanza así, con la elegancia del romance decimonónico y el pulso del gótico clásico: cuanto más se enamora Eira, más se estrecha el cerco de lo que el castillo calla. Registrada en Safe Creative con el número 1901089559139 el 8 de enero de 2019, la novela de Ana María Lomba sostiene la tensión entre la promesa de un amor arrebatador y la certeza de que en esa casa hay un sótano cerrado, un linaje marcado por el lobo y un aviso que nadie quiso escuchar a tiempo.