En un 2060 donde una comisión estatal empareja a los jóvenes mediante escáneres cerebrales y análisis de sangre, Valerie y Darsey se enamoran antes de que el sistema dictamine nada.
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En un 2060 donde una comisión estatal empareja a los jóvenes mediante escáneres cerebrales y análisis de sangre, Valerie y Darsey se enamoran antes de que el sistema dictamine nada. Ella pinta cuadros digitales, él persigue la elegancia de los teoremas, y ambos reconocen en el otro una afinidad que ningún algoritmo les asignó. Mientras esperan el veredicto, un psicólogo de la propia comisión empieza a sospechar que el método científico que administra el amor esconde correcciones que nadie debería conocer.
Larissa Lando sitúa su novela en un futuro cercano y ordenado, donde el azar sentimental ha sido sustituido por un procedimiento administrativo. Al cumplir los dieciséis años, todos los jóvenes acuden a la Comisión de Formación de Parejas para someterse a una batería de pruebas —imágenes del cerebro, análisis sanguíneos, una entrevista psicológica casi ceremonial— que determinará con quién iniciarán un noviazgo y, más adelante, un matrimonio estadísticamente feliz. La promesa es explícita: el divorcio, esa vieja catástrofe doméstica, ha sido erradicado por la vía del cálculo.
En ese salón lleno de pancartas y conversaciones intercambiables, Valerie se aparta hacia un balcón buscando silencio. Le inquieta menos el matrimonio que el tiempo: es artista de cuadros digitales y sospecha que el noviazgo le robará las horas que dedica a una composición ambiciosa sobre la continuidad entre pasado, presente y futuro. Allí la encuentra Darsey, un joven de apariencia corriente y conversación desconcertante, apasionado por los problemas matemáticos y por esa belleza súbita que a veces aparece en una demostración. Se reconocen por una coincidencia mínima y desarmante —los dos describen el mismo sabor dulce cuando algo les sale bien— y en pocas horas la afinidad se vuelve certeza. Cuando el sistema aún no ha dicho nada, ellos ya han decidido.
La novela alterna esa historia de descubrimiento con la mirada de Justin Barnett, uno de los psicólogos que entrevistó a la pareja. Lo que observa en ellos —una armonía evidente, anterior a cualquier diagnóstico— le plantea una pregunta incómoda: qué ocurriría si el método se equivocara. Su amigo Ronnie Collins, que trabaja en una institución de acceso restringido, le ofrece una respuesta que no debería haber dado. El sistema, le confiesa, funciona menos por precisión que por fe: los cónyuges atribuyen cada fricción a un defecto propio y se moldean hasta encajar en el patrón prescrito. Y para quienes no se adaptan existen procedimientos discretos, desde viajes con sustancias que ablandan la voluntad hasta una zona apartada adonde se envía también a las parejas formadas por cuenta propia, las llamadas no autorizadas.
Alrededor de esa revelación, Lando construye un retrato doméstico de la sociedad que describe. La hermana de Valerie negocia su matrimonio asignado con la ayuda de terapeutas que le enseñan a ceder; el padre, cariñoso y prudente, aconseja esperar el dictamen antes de entregarse a un enamoramiento espontáneo; la familia de Darsey celebra la noticia con la naturalidad de quien no ha imaginado nunca un desacuerdo con la Comisión. La confianza en el procedimiento no se impone por la fuerza: se hereda, se conversa en la sobremesa, se da por descontada.
El resultado es una distopía de tono íntimo, más interesada en los gestos que en el aparato: una mano que se posa sobre otra en una balaustrada, un mosaico de fotografías hecho de noche en un jardín, una entrevista donde las respuestas matizadas se convierten en un sí o un no que no las representa. La tensión narrativa nace de una espera sencilla —el veredicto de la Comisión— y de la pregunta que la sostiene: qué precio tiene, para una sociedad y para dos personas concretas, garantizar la felicidad eliminando la posibilidad de elegirla.
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