Maya Aziz tiene diecisiete años, una cámara que sostiene como escudo y una carta de aceptación que no se atreve a mencionar en casa. Entre una boda india en un salón de Illinois y los pasillos de su escuela secundaria, esta novela sigue a…
Descargar
Maya Aziz tiene diecisiete años, una cámara que sostiene como escudo y una carta de aceptación que no se atreve a mencionar en casa. Entre una boda india en un salón de Illinois y los pasillos de su escuela secundaria, esta novela sigue a una joven que intenta decidir si su vida le pertenece o si ya fue decidida por otros. Mientras Maya sueña con estudiar cine en Nueva York y coquetea con dos chicos imposibles por razones opuestas, en un margen del relato alguien se afeita la cabeza frente a un espejo oxidado y se prepara para desaparecer. Una historia sobre el amor, el deber familiar y el momento en que el mundo decide mirarte de otra manera.
Maya Aziz filma bodas porque filmar le permite estar presente sin ser vista. Con la cámara al ojo, las tías que le pellizcan las mejillas, los tíos que preguntan si será médica o abogada y las madres que evalúan candidatos se convierten en material: encuadres, contraluces, montajes que algún día editará al ritmo de Pachelbel. Sin la cámara, en cambio, Maya es apenas la única hija de una familia india musulmana instalada en un suburbio de Illinois, y esa condición viene con un guion escrito de antemano.
La novela abre en la boda de Ayesha, una amiga mayor a la que Maya admiraba y que ahora se casa mediante un arreglo apenas modernizado por tres meses de noviazgo clandestino. Allí, entre saris de seda y guirnaldas de jazmín, la madre de Maya orquesta una presentación: Kareem, estudiante de ingeniería en Princeton, indio, musulmán, atento y con una mirada que baila. Es, en la aritmética familiar, el candidato perfecto. Lo desconcertante para Maya es que también resulta genuinamente encantador —dispuesto a hacerse el ayudante en su rodaje improvisado, a reírse de sí mismo, a rozarle la espalda con una intención que no admite duda.
De vuelta en la secundaria de Batavia, la vida de Maya se organiza en torno a otras coordenadas: Violet, su mejor amiga, un descapotable naranja y una amistad que funciona como válvula de escape; los bailes a los que no puede ir; y Phil, el mariscal de campo con hoyuelo que le pide ayuda con un libro y camina con ella en la fila del almuerzo el tiempo exacto que duran cinco o seis papas fritas. Phil pertenece a un planeta distinto del suyo, y esa distancia es precisamente lo que lo vuelve irresistible.
Pero el conflicto verdadero no es amoroso. Maya se inscribió en secreto en la Universidad de Nueva York y fue aceptada. Sus padres dan por sentado que irá a la Universidad de Chicago: excelente, prestigiosa y, sobre todo, cerca. Solo su tía Hina —diez años menor que su madre, diseñadora, dueña de un estilo propio— conoce el secreto y la empuja a hablar. El depósito tiene fecha de vencimiento, y con él la posibilidad de una vida elegida en lugar de heredada.
Atravesando estos capítulos, en un contrapunto breve y helado, aparece otra voz: un joven que recuerda un sótano sin ventanas, un plan improvisado, un pedido de voluntarios y las risas de quienes no lo creían capaz. Un joven que se afeita la cabeza frente a un espejo, roza con los dedos una cicatriz vieja y decide que no volverá a ver su reflejo de antes. El lector sabe, mucho antes que Maya, que esas dos historias van a cruzarse.
Escrita con humor rápido y una voz narrativa que ve el mundo en planos y encuadres, esta novela retrata la doble conciencia de crecer entre dos culturas sin pertenecer del todo a ninguna: los tabúes que cruzan océanos guardados entre paquetes de masala y recuerdos del hogar, las madres que confunden amor con vigilancia, las hijas que aprenden a mentir por omisión. Y plantea, con una tensión que crece desde la primera página, la pregunta más difícil: qué ocurre cuando alguien decide que una chica y su familia deben responder por un crimen que no cometieron.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.