«Amor, Para Bien Morir» narra la historia de Miquel, un hombre marcado desde su nacimiento por la muerte —que le arrebató a su madre en el mismo instante en que le dio la vida— y que atraviesa la guerra, el exilio y un nuevo país antes de…
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«Amor, Para Bien Morir» narra la historia de Miquel, un hombre marcado desde su nacimiento por la muerte —que le arrebató a su madre en el mismo instante en que le dio la vida— y que atraviesa la guerra, el exilio y un nuevo país antes de conocer el amor que finalmente parece desafiar el destino que siempre lo ha perseguido. La novela entrelaza esa historia con la de Sebastián Lorente, un niño criado por sus abuelos en el pueblo de San Andrés, cuya infancia está marcada por los ritos, temores y leyendas familiares que se tejen alrededor de un pequeño oratorio doméstico.
La novela de J.A. Peláez Thomas se abre con una imagen que atraviesa todo el relato: la muerte, presentada casi como una narradora, personificada y dotada de voz propia, que confiesa haberse sentido conmovida solo una vez, ante el nacimiento de Miquel, ocurrido en el mismo instante en que su madre exhalaba el último aliento. Desde entonces, la muerte lo sigue como una sombra fiel a lo largo de una infancia devorada por la guerra, de un exilio que lo lleva a tierras nuevas llenas de música y color, y finalmente hasta el amor que encuentra en Sofía. El presente de la historia se detiene en una escena íntima y desgarradora: Miquel, sentado en la penumbra de un cuarto donde suena un disco de Agustín Lara, habla en soliloquio ante el cuerpo de Sofía, mientras la muerte —convertida casi en confidente— aguarda sentada en un rincón, expectante ante un sentimiento que no logra comprender ni poseer. La irrupción de un tercer personaje, que llega furioso reclamando explicaciones, deja en suspenso las causas de lo ocurrido y anticipa un conflicto que se remonta a la historia compartida entre los tres. Paralelamente, la obra retrocede a la vida de Sebastián Lorente, un niño de trece años que crece en la casa de sus abuelos, Alfonso Lorente y Soledad Bernal, en el pueblo de San Andrés. A través de los rituales cotidianos de esa casa —el patio con su jardín y su piano, el oratorio improvisado que los niños del barrio bautizan como “la cueva”, las historias de duelos y batallas familiares que cuenta el abuelo— se construye un retrato de la infancia, el miedo y la memoria familiar que sirve de contrapunto a la trama de Miquel. Con un estilo cargado de imágenes sensoriales y un tono que oscila entre lo íntimo y lo mítico, la novela reflexiona sobre el amor como una forma de resistencia frente a la muerte, y sobre cómo las heridas de la infancia y la guerra terminan modelando la manera en que un hombre ama y pierde.
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