A los treinta y tres años, después de una caída tonta que destapa un agotamiento largamente ignorado, Bella Kreuzer decide que la única cura posible es cambiar de escenario: deja Londres, un piso cargado de recuerdos y un empleo que la ha…
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A los treinta y tres años, después de una caída tonta que destapa un agotamiento largamente ignorado, Bella Kreuzer decide que la única cura posible es cambiar de escenario: deja Londres, un piso cargado de recuerdos y un empleo que la ha vaciado, y se instala en una pequeña ciudad de Kent, junto al río y cerca de Viv, la amiga que la conoce desde siempre. Allí se promete una vida ordenada y sin sobresaltos: la casa por reformar, el jardín, la pintura y ningún hombre a la vista. Claire Calman construye con humor seco y una mirada muy atenta al detalle doméstico el retrato de una mujer que confunde la calma con la renuncia, y que descubrirá que los propósitos más firmes son también los más fáciles de desmentir.
La novela arranca con una imagen mínima y reveladora: una punta de zapato que tropieza con un adoquín, una caída a cámara lenta, un cardenal en la rodilla. No es gran cosa. Pero a la mañana siguiente Bella despierta como si alguien hubiera accionado un interruptor durante la noche y le hubiera drenado toda la energía. De pronto Londres deja de ser estimulante para volverse abrasiva: los autobuses la acechan, el polvo le escuece en los ojos, y ella se imagina rompiéndose en fragmentos que nadie recogerá del todo. El médico no le receta nada; solo descanso y replantearse la vida. Su jefe, más práctico, le sugiere el Caribe.
Lo que Bella elige, en cambio, es una casa. Un cartel de «En venta» en una calle tranquila junto al río, en la ciudad de Kent donde viven sus amigos Viv y Nick, se convierte en el eje de una mudanza que ella misma administra como una terapia: formularios, notarios, agendas con separadores de colores, cartas dobladas en tres. Cada trámite es una grapa que sujeta los pedazos de algo roto, y el papeleo tiene la virtud de hacer preguntas con respuesta —nombre, dirección, datos bancarios— cuando las otras no la tienen.
La realidad, claro, resulta menos ordenada que la carpeta de anillas. La casa llega con humedad en los zócalos, una caldera que se declara en huelga, un vendedor mezquino que se ha llevado hasta las bombillas y un paisaje cubista de cajas mal etiquetadas. El nuevo trabajo en un estudio de diseño exige debatir con gravedad litúrgica el envase de un yogur. Y las noches, cuando se apaga la luz que Bella siempre deja encendida, devuelven a Patrick: la relación cuyo final no termina de nombrarse y que asoma en escenas breves, deslizadas en presente, más elocuentes que cualquier explicación.
Alrededor de ella, la novela despliega un coro afinado. Viv, pelirroja y precaria en el peinado, aparece con pasteles como raciones de emergencia y una campaña personal para que su amiga vuelva a salir; Nick, desde el sofá y detrás de una revista, ofrece consejos masculinos tan francos como poco poéticos. La madre de Bella se anuncia a distancia, capaz de oír un reloj biológico a ciento cincuenta kilómetros. Y una infancia intercalada —un sombrero escolar azul marino, unos calcetines demasiado nuevos, una niña que preferiría ser un hongo en el bosque— explica sin subrayados de dónde viene esa costumbre de estar ligeramente fuera de sitio.
Bella insiste en que no quiere enamorarse, en que le gusta estar sola, en que las parejas se amalgaman como amebas hasta perder el yo. Sostiene esa tesis con ingenio y una puntería cómica considerable. Pero la aparición de Will, un hombre que reúne demasiadas de las condiciones que ella asegura no buscar, pone a prueba la diferencia entre haber sanado y haberse blindado. Amor son solo cuatro letras es una comedia sentimental de tono británico, escrita en frases rápidas y observaciones afiladas, que habla del duelo, del pudor y de esa forma particular de valentía que consiste en admitir que uno sí quería algo.
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