Anna Leslie diseña los fuegos artificiales más espectaculares de Frontier Fireworks, pero fuera del laboratorio de Maine vive replegada tras la bata blanca y una trenza deshecha.
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Anna Leslie diseña los fuegos artificiales más espectaculares de Frontier Fireworks, pero fuera del laboratorio de Maine vive replegada tras la bata blanca y una trenza deshecha. Cuando el fundador de la empresa la amenaza con recortarle el presupuesto si vuelve a faltar a la fiesta anual, Anna decide que el problema no es la fiesta: es la costumbre de no pedir nunca nada. Un vestido rojo, unos tacones imposibles y una noche de champán bastan para que la científica invisible se convierta en el centro de la sala, y para que un recién llegado con demasiada labia se equivoque de la peor manera posible al juzgarla. Charlene Teglia firma una comedia romántica de química literal y figurada, donde la reinvención personal pesa tanto como la atracción.
Hay un chiste privado en el trabajo de Anna Leslie: dedica la vida a iluminar el cielo y no ha aprendido a ocupar una habitación. A sus veintiocho años dirige el departamento de Investigación y Desarrollo de Frontier Fireworks, mezcla química, física y termodinámica con un pulso de artista y persigue un azul más vibrante y duradero para una pieza que ya ha bautizado como Libertad Final. Fuera del laboratorio, en cambio, la ecuación no le sale. Pelirroja, de metro ochenta y con un físico que nadie asocia con la ciencia, ha resuelto años de incomodidad escondiéndose: reuniones evitadas, peticiones no formuladas, una plaza de aparcamiento peor que la del conserje después de tres años en la empresa, y una excusa distinta cada vez que llega la invitación a la fiesta anual.
Este año Lyle Grant, fundador ruidoso y afectuoso, cierra la puerta de salida con la única amenaza que Anna no puede ignorar: le cortará los fondos. La orden llega un lunes de barro derretido en Maine, con las zapatillas arruinadas y el ánimo por los suelos, y produce un efecto que Lyle no había calculado. En lugar de resignarse, Anna decide tratar su propia inseguridad como trataría cualquier otro problema técnico: con método. Manuales de lenguaje corporal, un libro sobre cómo dejar de ser la niña buena, una tarde entera de tratamientos, un vestido rojo de inspiración años veinte y los tacones más altos de la tienda. Por primera vez pide lo que quiere en voz alta, y descubre que la vergüenza se le cae a capas, como el tratamiento de esponja vegetal.
Su entrada en la fiesta detiene la sala entera. Anna cobra su deuda con Lyle en mitad de un vals, con la pajarita de él enredada en un dedo, y comprueba que el poder es una sensación embriagadora. Pero al otro lado del salón, Jay Whitman —flamante vicepresidente de marketing, incapaz de dejar pasar una ocasión de lucir ingenio— la observa y llega a la conclusión equivocada. Convencido de que la mujer del vestido rojo es una acompañante de lujo contratada por el jefe, alimenta a su corrillo con insinuaciones cada vez más gruesas hasta que ella se acerca, le tiende la mano y le deja hablar. La conversación que sigue es una pequeña obra maestra de humillación cortés: Anna le pone precio a su trabajo, un millón de dólares al año, y le explica con paciencia de maestra qué significa el acrónimo NASA antes de revelar que es especialista en balística interior. Científica espacial, precisamente.
Jay se queda con la mano vacía, la reputación en el suelo y la certeza de haber conocido a alguien que le supera en cerebro, en humor y en aplomo. Anna se marcha con la lección aprendida al revés: la mujer que acaba de plantar cara no es un disfraz, es ella misma sin coartadas. A partir de ese choque, la novela abre una atracción que ninguno de los dos sabe medir, y que a Anna le resulta más difícil de predecir que cualquier reacción de laboratorio.
Teglia escribe una historia ligera y sensual, ambientada en un Maine de temporadas de barro y raíces largas, con humor seco y un ritmo que no se detiene. Bajo la comedia late un asunto serio: el coste de hacerse pequeña para que los demás estén cómodos, y lo que ocurre cuando una mujer deja de hacerlo.