«Amores Atados», de Ignatius Duado Onir, reúne una colección de relatos eróticos breves nacidos de un ritual: cada madrugada, un hombre desnudo escribe a lápiz, junto a la llama de una vela, las historias que leerá al atardecer a la mujer…
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«Amores Atados», de Ignatius Duado Onir, reúne una colección de relatos eróticos breves nacidos de un ritual: cada madrugada, un hombre desnudo escribe a lápiz, junto a la llama de una vela, las historias que leerá al atardecer a la mujer que llama dueña de su deseo. De esa premisa surge un mosaico de escenas, cartas y estampas sobre cuerdas, entrega y deseo, donde el vínculo entre quien ata y quien pide ser atado importa tanto como el nudo mismo. Es un libro para lectores adultos, atento a los matices de la sumisión consentida y al lugar exacto donde el juego roza el amor.
El libro se abre con un marco de escritura que le da unidad: un narrador que se ha comprometido a componer una historia al día para su amante, leerla de rodillas junto a la cama y volver a levantarse de madrugada, sin saciar el ansia, a rebuscar en la erótica que le desborda los sueños. El cuaderno que ella le regaló es a la vez ofrenda y confesión, y cuando alguna de esas fantasías no consigue dormirla, la ficción se levanta de la página y ocupa la habitación.
Lo que sigue es deliberadamente desigual en escala, y en esa desigualdad está buena parte de su encanto. Hay piezas que caben en un suspiro —el tirante de un vestido que resbala por un hombro, un querer descrito como pellizco, oleaje y tormenta—, estampas urbanas de una noche de lluvia en la que el mundo parece borrarse y solo quedan dos cuerpos abrazados, y también un relato largo que funciona como centro de gravedad: la visita a un estudio fotográfico de buhardilla donde una fotógrafa presenta a su modelo, y donde una escena cuidadosamente pactada obliga a cada uno de los presentes a descubrir hasta dónde llega su propio deseo. Ahí el autor deja que asome la incomodidad: el placer, el vértigo, la ternura posterior y la sospecha de que las cosas pueden irse de las manos conviven en la misma página.
Junto a las escenas aparecen dos cartas en primera persona femenina que ordenan el pensamiento del conjunto. En ellas la voz sumisa reivindica su experiencia como liturgia y credo propio, distingue el placer momentáneo de quien ata de la paz introspectiva de quien es atada, y llega a una conclusión que el libro repite en otros registros: la dueña es ella, o una parte de ella, y quien manda solo lleva puesto el disfraz. Esa idea se ensancha con retratos que invierten los papeles: un hombre que acude a su atador y espera, inmóvil, mientras un despertador antiguo mide la hora y media; una mujer que trabaja en una casa señorial de Pedralbes y debe cumplir su tarea con profesionalidad ante un cuerpo atado; una dominante que convierte lo cotidiano —el baño, la crema, el pelo secado— en ceremonia doméstica. Otras piezas miran hacia atrás, a la adolescencia y sus culpas, con humor seco y sin moraleja.
La prosa es sensorial y de frase corta, más atenta al detalle físico y atmosférico —la luz de las vidrieras, el olor a mar y ciudad, el goteo de un grifo, las marcas que las cuerdas dejan como tatuajes delebles— que a la trama. El resultado es un libro de contenido sexual explícito, escrito para lectores adultos, que insiste una y otra vez en el consentimiento como condición del juego y en la ternura como su reverso obligatorio: el mismo que golpea es el que después pregunta cómo estás, y el que abraza.
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