Tras firmar su divorcio, Lena García descubre que está embarazada y decide dejar atrás la ciudad donde se derrumbó su matrimonio. En esa huida hacia el norte, mientras reconstruye su vida con la ayuda de su mejor amiga y un viejo compañero…
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Tras firmar su divorcio, Lena García descubre que está embarazada y decide dejar atrás la ciudad donde se derrumbó su matrimonio. En esa huida hacia el norte, mientras reconstruye su vida con la ayuda de su mejor amiga y un viejo compañero de universidad, regresa el recuerdo del niño de ojos cafés que fue su primer amor. Valeria Zúñiga firma una novela romántica sobre las heridas heredadas, los amores que se van y el hilo rojo que insiste en volver a tensarse.
Lena García creía tener una vida perfecta: un matrimonio de cinco años, una casa llena de recuerdos y la promesa de la familia que le fue negada en la infancia. Esa certeza se rompe en una sala de abogados, frente al hombre al que le juró amor eterno, cuando estampa su firma en un acta de divorcio y comprende que la misma ley que los unió es la que ahora los separa. Víctor se marcha hacia otra mujer; Lena sale a la calle con un anillo en la mano y la sensación de que el suelo se le está abriendo.
Lo que sigue no es la caída, sino el inventario de todo lo que la sostenía. En los días de insomnio, de comida intacta y de música repetida hasta el desgaste, Lena vuelve sobre una herida más antigua: el divorcio de sus padres, los abogados que a los siete años le pidieron elegir entre uno y otro, la noche en que escapó a casa de su abuela. Una llamada telefónica a Ignacio, el padre ausente, se convierte en el ajuste de cuentas que había aplazado veinticinco años y en el punto donde el dolor deja de ser secreto. Junto a ella está Clara, la amiga que se queda a hacer guardia, que fuerza una visita al médico y que recibe, al mismo tiempo que Lena, la noticia imposible: después de tantos intentos fallidos y de una pérdida a los cinco meses, hay un embarazo en curso.
Con esa certeza recién estrenada, Lena elige empezar de cero. Llama a Leonel Márquez, amigo de la universidad y antiguo amor no declarado, y acepta un trabajo y una casa prestada en Monterrey. Sube a un Ferrari del 62 heredado de su abuela —lo único que Víctor no reclamó—, mira por última vez la casa donde fue feliz y se marcha de noche con Clara al lado. En la radio suena una canción que le devuelve, sin aviso, a los seis años: a la ventana frente a la suya, a las piedritas contra el cristal y a Alex, el niño de sonrisa fácil que aprendió a tocar la guitarra para ella y que nunca supo por qué una mañana dejó de asomarse.
Amores fugaces avanza así, alternando el presente de una mujer que aprende a reconstruirse con los ecos de una infancia partida por la mitad, y entre ambos planos deja abierta la pregunta que sostiene la novela: si los amores verdaderos caducan de veras, o si solo esperan, del otro lado de los años, a que la Tierra dé la vuelta completa. Narrada con voz cercana y emocional, alternando la perspectiva de quienes se dejan y de quienes se quedan, es una historia sobre el duelo amoroso, la maternidad inesperada, el perdón que llega tarde y la sospecha de que ciertos vínculos no se rompen: solo se destensan.
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