Morgane Ortin reúne cientos de mensajes de amor anónimos, llegados a su cuenta de Instagram, y los monta como si fueran las piezas de una sola conversación.
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Morgane Ortin reúne cientos de mensajes de amor anónimos, llegados a su cuenta de Instagram, y los monta como si fueran las piezas de una sola conversación. De ese collage nace la historia de dos desconocidos sin nombre que se escriben desde una noche de enero: el coqueteo, la espera, el deseo contenido, la literatura compartida a medianoche y una cuenta atrás de tres meses que amenaza con cerrar el paréntesis antes de que empiece.
Todo arranca a las 00:45 de un 14 de enero, con un número de teléfono ofrecido sin que nadie lo pidiera y una despedida que ya suena a promesa. A partir de ahí, dos personas cuya identidad nunca sabremos se escriben casi a diario: se preguntan cómo amanecen, se recomiendan música para dormir, se mandan fragmentos de Nabokov y de las cartas de Flaubert, discuten sobre el deseo, sobre las fantasías, sobre por qué el romanticismo pasó a considerarse una debilidad. Entre fecha y fecha hay silencios de tres días, marcas horarias sin texto, mensajes borrados por accidente. El calendario avanza y la relación avanza con él, siempre al borde de algo que ninguno de los dos se atreve a nombrar.
Él viene de una ruptura larga y se ha prometido no volver a empezar todavía; ella acepta el pacto de los paréntesis, hasta que deja de aceptarlo. Una noche de fiesta, unos celos que no se creen con derecho a existir, una conversación incómoda sobre qué son exactamente el uno para el otro. Cuando por fin las cosas se aclaran, llega la confesión que lo reordena todo: dentro de tres meses ella se marcha al extranjero. Lo que sigue no es la renuncia, sino la decisión deliberada de vivirlo igual, con fecha de caducidad puesta sobre la mesa.
La forma es tan importante como la historia. Morgane Ortin, editora formada en la correspondencia de los grandes escritores franceses, abrió en 2017 la cuenta @amours_solitaires para rescatar mensajes de amor que de otro modo se habrían perdido entre fotos y capturas de pantalla. Recibió miles. Al leerlos seguidos descubrió que dialogaban entre sí aunque nunca se hubieran escrito como respuesta, y seleccionó 278 aportaciones anónimas para armar con ellas un relato continuo. El resultado es una novela epistolar hecha de SMS: sin narrador, sin descripciones, sin más escenografía que las horas y las fechas.
El libro funciona a la vez como historia de amor y como argumento. Frente a la idea de que la escritura se ha muerto y de que mostrarse enamorado resulta ridículo, aquí las palabras aparecen más vivas que nunca, solo que alojadas en otro soporte. Cada mensaje sostiene que la emoción íntima —el timbre del teléfono a las tres de la mañana, la sílaba elegida con cuidado, el momento exacto en que el amor prende o se apaga— es material literario de pleno derecho. Un lector reconocerá aquí sus propias conversaciones guardadas; ese es, en el fondo, el efecto que persigue: que quien lee deje de sentirse solo en su manera de querer.