Ana se enfada más y más rápido que cualquier otro niño, y cuando la furia la invade grita, patalea y arremete contra quien tenga cerca. Ni tragarse el enojo ni encerrarse a evitarlo funcionan.
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Ana se enfada más y más rápido que cualquier otro niño, y cuando la furia la invade grita, patalea y arremete contra quien tenga cerca. Ni tragarse el enojo ni encerrarse a evitarlo funcionan. Solo cuando el abuelo le regala un tambor descubre una salida: un modo de sacar la rabia hacia afuera que, además, la devuelve al juego con los demás.
Hay una niña que se enfada. No un poco, ni de vez en cuando: se enfada con una intensidad que le enrojece las mejillas, le eriza el pelo y le oscurece los ojos claros hasta volverlos negros. Cuando le llega la furia, Ana grita, muerde, escupe, lanza cosas por la ventana y se tira al suelo a golpear a su alrededor. Lo peor no es la fuerza del arrebato, sino su puntería ciega: paga quien esté más cerca, aunque no haya hecho nada. Un amigo que se acerca a ayudarla, una muñeca cuyo pelo es demasiado corto para trenzarlo, el pie de su padre, el gato.
El relato observa esa desproporción sin juzgarla y sin disculparla. Ana tampoco puede explicarla, y nadie a su alrededor la cree: los adultos repiten que así no se puede seguir, los otros niños se ríen y deciden que con ella no se juega. Cuando los mayores la levantan en volandas por el parque gritando que va a explotar, la burla convierte la rabia en espectáculo. A veces la única víctima es ella misma: un tobillo torcido, un codo morado, un dedo mordido hasta sangrar.
Llegan entonces los dos consejos previsibles, y el libro los pone a prueba con toda seriedad. Tragarse el enfado solo le deja hipo y la tripa pesada. Evitarlo la obliga a renunciar a todo lo que podría salir mal: los patines, la muñeca, las torres de piezas, el parque, la ventana. Ana termina sentada en su sillón de mimbre, quieta y a salvo, sin nada que la enfurezca y sin nada que hacer.
La solución llega un domingo, en forma de tambor y dos palillos. No es un truco que borre la furia ni una lección que la corrija: es un lugar adonde mandarla. Ana lo comprueba a propósito, provocando enfados para desarmarlos a golpes de parche, hasta que el lunes entra al parque tocando y los mismos niños que se burlaban acaban marchando detrás de ella. Un cuento breve y sin moraleja impuesta sobre una emoción que no se elimina, sino que aprende a salir por otro sitio.