«Ana y las mil noches», de Elo Rojas, es una novela coral construida por acumulación de voces. Ana nunca toma la palabra: la arman quienes la rodean —el novio que se va a estudiar fuera, la amiga que escucha por teléfono, la madre que…
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«Ana y las mil noches», de Elo Rojas, es una novela coral construida por acumulación de voces. Ana nunca toma la palabra: la arman quienes la rodean —el novio que se va a estudiar fuera, la amiga que escucha por teléfono, la madre que confiesa un secreto guardado durante décadas, la sirvienta que consuela con refranes y enfrijoladas, el padre que nunca supo de su existencia, el abuelo llegado en barco huyendo de una guerra. Cada capítulo se abre con un texto poético sobre el amor, la amistad, el secreto o la herida, y desemboca en un testimonio en prosa. Del cruce entre ambos registros surge el retrato de una mujer que exige del amor una entrega absoluta, y de una familia que lleva generaciones repitiendo la misma fractura.
Ana quiere que el amor sea impulso y no cálculo. Cuando Gabriel, su novio, está por partir a estudiar una maestría, ella se presenta en su casa un fin de semana sin avisar, con una maleta pequeña, un vestido y su acta de nacimiento, y le pide que se casen ese mismo día. Gabriel no responde. En ese silencio —que el libro deja deliberadamente sin resolver, porque «sólo Ana y sus fantasmas pudieron saber lo que en ese momento ella sintió»— empieza a abrirse la grieta que recorre toda la novela.
Elo Rojas organiza el relato como un mosaico de testimonios. Cada capítulo lleva el nombre de una persona y su relación con la protagonista: Gabriel, el novio; Lucrecia, la amiga que le aconseja tener paciencia mientras duda de su propio noviazgo; Guadalupe, la madre; Ramona, la sirvienta que sabe callar y sabe cuándo hablar; Damián, el padre; Tomás Torres, el abuelo; Valentina, la compañera del abuelo. Ana es el centro ausente: se la reconstruye desde afuera, por lo que otros vieron, temieron o le ocultaron.
Las confesiones se encadenan hacia atrás en el tiempo. Guadalupe revela que Mauricio, el hombre que crió a Ana, no es su padre biológico: hubo antes una fuga adolescente interrumpida a punta de pistola, un baño de agua helada como castigo y una boda arreglada quince días después. Damián escribe a una hija cuya existencia acaba de descubrir, inventariando en tiempo condicional todo lo que no pudo hacer con ella. Y más atrás todavía, Tomás Torres cruza el mar a los catorce años, escondido en la bodega de un barco que huye de la guerra, y encuentra a Valentina, una niña de trece que viajaba sola; los separan en migración y él tarda cuatro años en volver a buscarla.
El resultado es una novela sobre lo que se hereda sin saberlo. El amor que arrasa como huracán, la familia que se defiende con las buenas costumbres, la clase social que decide quién es un buen partido, el secreto que solo deja de doler cuando por fin puede contarse como historia: los mismos motivos vuelven en cada generación con distinto nombre. Los intermedios poéticos que preceden a cada testimonio funcionan como coro, dando en imágenes lo que las voces dicen en anécdota.
El título anuncia el procedimiento: como en las mil y una noches, aquí también se sobrevive contando. Solo que el relato no lo sostiene la protagonista, sino todos los que la quisieron, la juzgaron o la perdieron.
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