Andanzas dolientes. Amor perdido reúne una serie de relatos y estampas escritas desde la confesión: un narrador que declara abiertamente que escribe para desahogarse y que toma de la vida real la materia de lo que cuenta.
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Andanzas dolientes. Amor perdido reúne una serie de relatos y estampas escritas desde la confesión: un narrador que declara abiertamente que escribe para desahogarse y que toma de la vida real la materia de lo que cuenta. El libro va del retrato íntimo de una obsesión amorosa —la de un hombre maduro por Iza, madre soltera mexicana en el norte de California— a la muerte violenta de un alto funcionario en una casona heredada del porfiriato. Entre ambos extremos se despliegan la soledad urbana, el desarraigo migrante, el racismo cotidiano y una ironía que alivia sin edulcorar.
Este volumen se presenta a sí mismo sin coartadas literarias: en su prólogo, el autor renuncia a moralizar, a la trama perfecta y a la palabra rebuscada, y define la escritura como una válvula de escape, una terapia para sacar por la pluma lo que no puede decirse en voz alta sin arriesgarse a la burla ajena. Esa declaración de principios marca el tono de todo el conjunto, donde la frontera entre lo vivido y lo reinventado se admite porosa y los nombres se cambian para proteger a personas reales.
El primer bloque, articulado alrededor de Elizabeth —Iza para el narrador—, es un largo apóstrofe amoroso dirigido a una mujer que nunca termina de estar presente. Se conocieron a la salida de una iglesia y desde entonces él, escéptico confeso, la acompaña a misas, citas médicas, audiencias judiciales por la custodia de su hijo y trámites que no comprende del todo. Ella es epiléptica, devota hasta la contradicción, misteriosa en sus ausencias de fin de semana y en sus retiros espirituales; él, más de veinte años mayor, se reconoce mendigo de abrazos, celoso de los curas jóvenes, incapaz de romper y también de avanzar. El desengaño llega por vías menores y por eso más punzantes: una guitarra cambiada con buena intención que desata una acusación injusta, una ensalada de frutas rechazada por desconfianza, un plantón que nadie menciona después. Alrededor de esa historia el narrador registra el clima emocional de una ciudad donde nadie saluda en el ascensor, y anota con dureza el episodio de las recepcionistas que niegan hablar español a su propia gente, un desprecio que lee como forma moderna de servidumbre y que contrasta con la cortesía recordada de otras ciudades donde vivió.
El segundo bloque cambia de registro y de país. En un caserón mexicano que un padre obtuvo en tiempos de Porfirio Díaz, un viernes trece de vasos rotos y presagios domésticos, la señora de llaves sube el desayuno y encuentra al oficial mayor sentado ante su escritorio con un cuchillo de mango negro clavado en el pecho. Alrededor del cadáver se ordena un pequeño teatro de servidumbre y poder: el jardinero deportado que habla más inglés que español, la secretaria a punto de jubilarse, la bailarina que el difunto sacó del cabaret y sorprendió bailando con un político de la oposición. La narración anuncia entonces que retrocederá sobre la vida cotidiana del muerto para desbrozar intrigas y llegar al asesino.
Completan el índice piezas de aliento diverso —habitaciones en alquiler, cementerios, indocumentados, la memoria de Madrid y de Granada, la nostalgia de Santa Cruz, los que se fueron— que insisten en un mismo eje: el hombre contemporáneo, entre más lejos de la naturaleza y más atado a instituciones sin afecto, más cerca del olvido. No es un libro romántico, aunque lo atraviese una historia de amor; tampoco pretende entretener. Pide, más bien, un lector dispuesto a desconfiar de las apariencias, a sacar conclusiones propias y a reconocer en las traiciones, los tropiezos y las ilusiones efímeras del narrador algo de su propia experiencia.
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