Andar sin ruido reúne los relatos de Carlos Frontera (Páginas de Espuma, 2017) en torno a un mismo territorio: la casa familiar y todo lo que en ella se calla.
Descargar
Andar sin ruido reúne los relatos de Carlos Frontera (Páginas de Espuma, 2017) en torno a un mismo territorio: la casa familiar y todo lo que en ella se calla. Con una prosa coloquial, irónica y de pulso muy oral, el libro parte de escenas domésticas reconocibles —una ruptura, una comida con la madre, un duelo— y las tuerce hasta que asoma lo grotesco o lo fantástico, sin que el tono pierda nunca su naturalidad. El resultado es una colección donde la comedia y el desamparo comparten mesa, y donde el humor funciona menos como alivio que como forma de mirar de frente lo que duele.
Hay libros que fingen normalidad hasta el último párrafo. Andar sin ruido, de Carlos Frontera, es uno de ellos: sus cuentos empiezan en el terreno más doméstico imaginable —un piso que se abandona, un salón con las estanterías llenas de fotos, una cocina donde alguien prepara carne en salsa— y avanzan con una calma engañosa hasta que el suelo cede. El desplazamiento nunca se anuncia. Ocurre dentro de la misma voz, con las mismas palabras cotidianas, y esa continuidad es justamente lo que produce el vértigo.
El volumen se organiza alrededor de la familia y sus liturgias: hijos que vuelven a casa de los padres, madres que ordenan el mundo colocando retratos, padres que se descubren repitiendo los gestos de sus propios padres. En uno de los relatos, un hombre acumula en cajas de cartón los restos de cada relación terminada y las clasifica por orden alfabético, convencido de haber convertido el desamor en técnica; el rito del archivo, ejecutado con solemnidad de experto, va revelando una fragilidad que el narrador nunca nombra. En otro, la felicidad familiar se celebra cada domingo con una ceremonia doméstica descrita con una naturalidad perturbadora, y la frase heredada de Tolstói se vuelve una trampa. En un tercero, la barba de un hijo se convierte en el conducto por el que regresa el padre muerto, y una comida corriente basta para que el protagonista se descubra ocupando, sin haberlo pedido, un lugar generacional que creía ajeno.
El tramo más extenso y sombrío del libro abandona la comedia doméstica para instalarse en un interior devastado: una mujer sobrevive en una casa donde ya nada funciona, bebe cada tarde las cenizas de su pareja, escribe un diario que considera una cobardía y busca en un intercomunicador infantil la señal de un hijo que quizá no exista. Ahí Frontera lleva su método al extremo —el objeto cotidiano como bisagra hacia lo imposible— y consigue que la lectura oscile entre la ternura, el asco y una compasión difícil de nombrar.
La lengua es el otro gran asunto del libro. Frontera escribe con giros populares, muletillas, plurales cómplices y un ritmo de conversación que arrastra al lector antes de que decida si quiere entrar. Esa oralidad no es decorado: sostiene la ambigüedad moral de los narradores, que suelen contar más de lo que creen estar contando. La repetición de fórmulas, los estribillos y los desvíos digresivos construyen una música reconocible que unifica piezas muy distintas entre sí.
Lo que queda al terminar es una idea de familia entendida como sistema de silencios heredados: lo que no se dice pasa igualmente de una generación a otra, y a veces regresa con forma de manía, de objeto guardado o de olor. Andar sin ruido interesará a quien busque narrativa breve contemporánea en español que combine humor negro, realismo doméstico y desvíos hacia lo fantástico, y a quien disfrute de los cuentos que se leen dos veces: la primera por la risa, la segunda por lo que había debajo.