Una antología de relatos breves de la tradición judía, reunidos por el rabino Simón Moguilevsky a lo largo de medio siglo de docencia y trabajo comunitario.
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Una antología de relatos breves de la tradición judía, reunidos por el rabino Simón Moguilevsky a lo largo de medio siglo de docencia y trabajo comunitario. El volumen recorre pasajes del Talmud babilónico y jerosolimitano junto con historias de maestros jasídicos, y cierra con reseñas biográficas de los sabios citados. Cada anécdota funciona como una cápsula ética: el trato con el prójimo, la humildad, la caridad concreta y el valor del estudio, presentados en un lenguaje accesible tanto para lectores judíos como para quienes se acercan por primera vez a esta tradición.
Hay libros que no se leen de corrido sino que se abren en cualquier página, y este pertenece a esa estirpe. Su autor, el rabino Simón Moguilevsky, dedicó buena parte de su vida a la enseñanza —en escuelas primarias y secundarias, en cursos de hebreo para adultos, en el rabinato de Buenos Aires y durante nueve años en Curitiba— y fue acumulando, casi como quien guarda herramientas de trabajo, los relatos que mejor le servían para explicar una idea difícil sin recurrir a la abstracción. Este volumen es el resultado de esa colección paciente.
La obra se organiza en tres tramos. El primero reúne anécdotas del Talmud babilónico, con algunos pasajes del jerosolimitano, buena parte de ellas emparentadas con la célebre antología “Ein Iaakov”, compilada en el siglo XV por Iaakov ben Jabib tras el destierro de España. Son escenas mínimas y a menudo desconcertantes: un sabio que deduce la identidad de un ladrón por la manera en que se seca las manos; otro que investiga si las hormigas tienen rey extendiendo un manto sobre un hormiguero; un maestro que repite cuatrocientas veces la misma lección y, ante la distracción del alumno, la repite otras cuatrocientas. El segundo tramo cambia de época y de clima: recoge historias de rabinos jasídicos, figuras que en comunidades atravesadas por la pobreza y la persecución cumplían un papel de consejero y sostén, y cuya autoridad descansaba menos en la erudición que en la comprensión de la vida cotidiana. El tercero ofrece semblanzas biográficas de los sabios mencionados, pensadas como material de consulta.
Lo que unifica materiales tan distantes entre sí es una insistencia temática. Vuelven una y otra vez la responsabilidad hacia el desconocido, la sospecha frente a la maledicencia, la advertencia de que prometer a un niño lo que no se cumplirá es enseñarle a mentir, la idea de que el carácter se mide en gestos menores —cómo se sirve una copa, cómo se abre un bolsillo, cómo se administra el enojo— y, sobre todo, la convicción de que la compasión se demuestra actuando antes que hablando. Ninguna de estas nociones se enuncia como doctrina; aparecen incrustadas en diálogos, respuestas ingeniosas y desenlaces que suelen invertir la expectativa del lector.
El propósito declarado es doble. Por un lado, ofrecer un instrumento a docentes, guías espirituales y rabinos, y acercar el patrimonio judaico a quienes no tuvieron educación formal en esa tradición. Por otro —y esto es menos habitual en libros de esta especificidad— dirigirse explícitamente al lector no judío, con la expectativa de que el contacto directo con estos textos disuelva prejuicios sostenidos más por desconocimiento que por convicción. El prólogo de Moshé Korin señala esa apertura como el rasgo distintivo del proyecto: la compilación no se cierra sobre sí misma sino que funciona como puerta de entrada.
El tono general es de sobriedad. No hay aparato erudito ni exigencia de conocimientos previos: cada pieza se sostiene sola, ocupa rara vez más de una página y se ofrece a la relectura. Quien busque un tratado sistemático no lo encontrará aquí; quien busque un repertorio de historias breves capaces de sostener una reflexión, una clase o una conversación, tendrá material para mucho tiempo.