Novela de ciencia ficción construida como un mosaico de documentos: el obituario de un escritor del siglo XXIII hallado muerto mientras jugaba a un holojuego, boletines de noticias de un circuito de carreras gravíticas y, sobre todo, el…
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Novela de ciencia ficción construida como un mosaico de documentos: el obituario de un escritor del siglo XXIII hallado muerto mientras jugaba a un holojuego, boletines de noticias de un circuito de carreras gravíticas y, sobre todo, el diario privado de la coronel Dayne Slayton, recién nombrada jefa de las fuerzas de orden del espaciopuerto de Loytas. Entre apuestas, drogas prohibidas y mafias con contactos en el Consorcio local, la investigación personal de una oficial acaba tocando lo que más le duele: su propio pasado.
Todo empieza con una muerte y un silencio. En marzo de 2235, el celebrado autor Francis R. Garrison aparece muerto en la azotea de su torre de Aquapolis III, conectado a un holojuego de fantasía heroica y con una nota críptica escrita en una posada virtual. La policía habla de suicidio; los críticos, de una tristeza demasiado pura para ser inventada; los foros, de amores imposibles. Nadie da con el motivo, y la maquinaria cultural se apresura a anunciar una docena de novelas póstumas antes de que el cuerpo salga de cuarentena.
Diez años después y muy lejos de allí, la narración se instala en Loytas: un planeta seco y fronterizo que debería estar desierto y que sin embargo bulle con un millón de almas, humanas y no humanas, atraídas por el negocio de las carreras de deslizadoras gravíticas. Allí desembarca la coronel Dayne Slayton, jovencísima para el cargo, destinada a supervisar el orden de un espaciopuerto donde circula demasiado dinero como para que todo sea limpio. Ella misma no sabe si su nombramiento es un premio del ejército o el castigo exacto que merecía por lo que hizo antes de llegar.
El relato avanza por anexos personales al diario del oficial —un espacio administrativo que Slayton acaba usando como confesionario— intercalados con boletines de prensa que cuentan los mismos hechos desde fuera y casi nunca igual. En esas páginas la coronel descubre que las píldoras prohibidas se venden con prospecto en farmacias legales, se inventa una identidad falsa, Serena Ochoa, para recorrer bares y tiendas del Barrio Axial, sofoca una reyerta que la prensa convertirá en brutalidad policial y tira de un hilo financiero que la lleva de un local de apuestas a un banco fantasma, de un informe forense firmado por un contrabandista a una familia influyente del Consorcio de Compañías Principales. Para hacer cumplir la ley necesita salirse de ella: un mecánico de barrio que gana carreras con una furgoneta reconvertida y un hacker de pelo teñido serán sus aliados más fiables.
Entre medias, casi de refilón, asoma lo que Slayton no consigue escribir: Philip, una carta de Andrea, una traición que ella considera aborrecible y que asegura no haber elegido del todo. La voz de la novela es sarcástica, autocrítica y muy física —jaquecas, insomnio, helado horrible en una nevera heredada—, y su humor negro convive con un fondo áspero: los indigentes que aparecen muertos sin que nadie cuente la cifra, los adictos fabricados a escala industrial, la sospecha de que las fábricas ilegales de la Federación simplemente han cruzado la frontera del Imperio Kônükrarr.
Lo que sostiene el conjunto es la fricción entre sus formatos. Un obituario que idealiza, unas noticias que insinúan, un diario que se contradice a sí mismo: el lector va montando, pieza a pieza, una imagen que ninguna de esas fuentes ofrece por separado. Space opera de frontera, novela negra de corrupción y confesión íntima ocupan el mismo texto, y la pregunta que lo recorre no es solo quién trafica en Loytas, sino cuánto se parece elegir una ruta peligrosa a elegir cómo se vive.
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