En New Haven, Connecticut, el hallazgo accidental de un cadáver en un bosque devuelve a la ciudad un miedo que creía enterrado. La víctima fue degollada y sepultada con method, y entre sus ropas aparece una tarjeta impresa con el rostro de…
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En New Haven, Connecticut, el hallazgo accidental de un cadáver en un bosque devuelve a la ciudad un miedo que creía enterrado. La víctima fue degollada y sepultada con method, y entre sus ropas aparece una tarjeta impresa con el rostro de un ángel que anuncia muchos cuerpos más y presume de conocer al Rompecorazones, el asesino en serie cuyo cuerpo nunca se recuperó del río. Mientras el teniente Snyder y la detective Perry reconstruyen la escena, dos agentes del FBI descubren que alguien las viene observando desde hace meses. Segunda entrega de la serie Susurros Mortales.
Dos niños de doce años atajan por East Rock Park para llegar a tiempo a casa y tropiezan, literalmente, con lo que las lluvias han sacado a la superficie: un cuerpo en avanzado estado de descomposición. La identificación llega días después —un anciano solitario, desaparecido semanas atrás camino del supermercado—, pero lo que inquieta al teniente Snyder no es el nombre, sino la coreografía del crimen. El análisis entomológico y del suelo demuestran que la fosa fue cavada antes del asesinato, que el homicida conocía el bosque palmo a palmo y que eligió con frialdad un rincón donde nadie debía encontrar nada. La naturaleza, y no la investigación, deshizo el plan.
Entre las ropas de la víctima hay además una tarjeta casera, de las que cualquiera imprime en su computadora, encabezada por la imagen de un ángel. El mensaje promete una sucesión de muertes, se declara distinto del anterior asesino de la ciudad e insinúa algo mucho más perturbador: que conoce en persona al Rompecorazones. Snyder y la detective Martina Perry, obligados a trabajar con una confianza mutua ya erosionada por una filtración anterior, entienden que la ciudad tiene un segundo depredador y quizá también el regreso del primero.
Porque el Rompecorazones nunca apareció. La camioneta que conducía rompió la baranda y se hundió en el río Quinnipiac durante la persecución, y el cuerpo jamás salió a flote. Para Leslie Anne Slater, que amó al hombre antes de saber su nombre verdadero, esa ausencia es una herida abierta; para las agentes federales Allyson Davis y Stacey Loggins, es un caso que no se cerró. En un estadio de béisbol de Nueva York, entre miles de personas, Stacey cree reconocer un rostro entre la multitud y prefiere achacarlo a la imaginación. No lo es: alguien lleva horas mirándola, la vio desnuda meses atrás sin que ella lo supiera y ha decidido que su momento aún no ha llegado.
En paralelo, la novela sigue vidas que orbitan el Mercy Hospital sin sospechar cuánto las une a la investigación: una oncóloga competente y solitaria que creció sin padre y perdió muy pronto a su madre, y su asistente de oficina, un hombre vulgar y desordenado que llega tarde al turno tras una noche que no recuerda. Un tercer hilo retrocede a 1984, a una casa de madera y zinc bajo la tormenta, donde una niña de diez años contempla la cama vacía de su madre muerta, renuncia a Dios y jura en voz baja que aliviará el sufrimiento, aunque todavía no sepa cómo.
El relato arranca por el final: una agente del FBI perdida en los sótanos clausurados de un hospital, con el arma sin seguro, siguiendo el rastro de una compañera que se adelantó y ya no responde, sin saber que a su espalda avanza una sombra con un puñal. Todo lo demás son las semanas que llevaron hasta ahí. Ángel de Piedad, segunda entrega de Susurros Mortales, alterna procedimiento forense, la intimidad de personajes corrientes y el punto de vista del depredador para construir un thriller donde la piedad y la matanza acaban siendo dos nombres de la misma promesa infantil.
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